ConocerSolar Magazine

Sed de ver, ganas de sentir

ConocerSolar Magazine
Sed de ver, ganas de sentir

Miguel Ángel Rojas y los encuentros furtivos en un cine porno de Bogotá 

En la oscuridad alumbra un instante el ojo de Miguel Ángel Rojas. Se hace un breve silencio tras el sonido seco y preciso del obturador de su cámara. Estamos en el año 1979, en un cine porno que se abrió paso entre la suciedad y el abandono en la ruina de un teatro bien de los años veinte. De aquel teatro déco, elegante y amanerado, queda la alta pantalla y una desvaída máquina de proyectar películas. El joven de entonces exploraba entre las sombras los encuentros sexuales furtivos entre hombres, que, en su impuesto silencio y vergüenza, emergían por el fuerte deseo de lo que es perseguido y oprimido. Una tras otra se suceden las noches en las que se tiene sexo con desconocidos sin apenas distinguir rostros. O quizá solo miradas y roces, imaginación y miedo. Noche tras noche venía Miguel Ángel con su cámara −una vez, recibió un puño en la cara que le rompió las gafas, le cortó su ojo curioso de voyeur y, todavía hoy, lleva la herida en la córnea− para participar de la espesa bruma de los cuerpos entre los arcos y balcones del gran espacio alto rodeado de baños improvisados. Tan familiar le era ya el lugar, que su lente empezó a encontrar retratos y nombres como el de Freddy. Capturó la procaz y a veces juvenil seducción de los encuentros, su silencio y sus gestos, sus poses y rincones, hasta parecer una película en movimiento. Un cine mudo, fantasmal, peligroso y adictivo como un amor prohibido, inacabado, siempre vivo. «Proa en la nave de la ilusión» escribe sobre la imagen de un balcón que emerge entre la penumbra ahora vacía, pero, antes, animada por la fusión de dos cuerpos vestidos en la desnudez de la cópula.

De aquellos revelados −aunque detrás de la cámara− también emerge el rostro de un artista, particularmente dotado de intuición, que iluminó con honda belleza aquel silencio que nadie debe osar romper. Hoy día, esas fotos han cobrado relevancia y forman parte de colecciones como la del MoMA de Nueva York. En aquel entones, aquellas fotos del Faenza eran parte de la vida y punto. El arte es la forma de sobrellevar el mundo y a sí mismos que tienen algunos pocos. La imagen ya queda ahí, para siempre, como un testigo que alumbra en la oscuridad.  

Texto: MARÍA BELÉN SÁEZ DE IBARRA