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Iván Navarro y la estética de la radicalidad

«Llegué a Nueva York en 1997, sin saber inglés, con muy poca plata, sin trabajo, sin deseos de vivir en la ciudad. Solo vine de visita, pero me quedé porque no tenía nada que perder a los 24 años». El tiempo le ha dado la razón al artista Iván Navarro (Santiago de Chile, 1972), quien, desde hace veinte años, compone con minuciosidad de orfebre (o de electricista) una obra multiforme e inquietante. A primera vista, crea esculturas lumínicas cuyos tonos flúor tienen algo de pop, y cuyas formas rectilíneas, cartesianas, evocan el orden de la Bauhaus y del minimalismo americano. Sin embargo, su discurso está en las antípodas; más que celebrar la utopía, denuncia la geometría perfecta de la represión. Red and Blue Electric Chair (2003) replicaba con tubos de neón la silla roja y azul de Gerrit Rietveld, en un juego de palabras (y de imágenes) que evocaba la polisemia macabra de la silla eléctrica. El mismo material sirvió en Homeless Lamp (The Juice Sucker) (2015) para intervenir un carrito de supermercado. La instalación que lo consagró, y que marcó su participación como representante chileno en la Bienal de Venecia del 2006, era una serie de umbrales multicolores que remitían a los paneles monocromáticos de Ellsworth Kelly, y cuyo título, Death Row, hacía planear sobre el espectador la sombra de los corredores de la muerte. Fue posiblemente entonces cuando el nombre de Navarro empezó a aparecer siempre en compañía del mismo epíteto: el gran artista chileno de su generación. «La Bienal fue una bonita experiencia y, por supuesto, me cambió la vida, porque conocí el “mundo del arte”. Pero ese mundo no es algo que me fascine. Para mí, sigue siendo uno más de mis enemigos», explica. La alusión a los enemigos no es casual; desde hace años, Navarro confiesa no ser capaz de trabajar sin el estímulo de esa enemistad permanente. «Pero esos enemigos no son necesariamente personas, sino, más bien, cosas que me hacen reaccionar en contra», aclara. Puede tratarse del mundo del arte, pero también de la falsedad de la historia. Algunas de sus obras más impactantes denuncian la represión durante la dictadura de Pinochet. Por ejemplo, los nombres de criminales pinochetistas escondidos en la gigantesca sopa de letras de la instalación ¿Dónde están? (2008); o su escultura Víctor (2008), una mesita baja de cristal, metal y fluorescentes que replica, de forma esquemática, la posición (arrodillado, a cuatro patas y con la cabeza baja) en la que fue torturado hasta la muerte el cantautor chileno Víctor Jara. «La dictadura de Pinochet siempre será algo pendiente, porque es un tema que no tiene solución −explica−. Y es ridículo buscar la reconciliación, porque la herida es muy profunda. La historia es una ficción que nos cuentan para vivir el presente, y no veo ecómo podría olvidar la violencia que vi siendo niño». Le preguntamos si le preocupa que, dominada por colores brillantes y luces atractivas, su obra acabe banalizada, convertida en un mero objeto decorativo: «Creo que eso siempre ocurre, porque el público termina acostumbrándose a la radicalidad. Por ejemplo, la obra de Goya es feroz; para mí es el gran padre de la subversión, pero resulta muy difícil apreciarlo hoy en día. Parece inofensivo, pero, si lo miras bien, ¡es un monster!». Mientras espera a que el tiempo juzgue sus obras, Navarro sigue creando otras nuevas. Las más recientes son esculturas públicas para espacios urbanos. «Lo público te lleva a la dimensión de la calle, del caos, de lo imprevisto −explica−. Es como tirar una botella con un mensaje al mar, se va a la deriva y nunca sabrás si alguien recuperará ese mensaje».

Texto: CARLOS PRIMO
Fotografía: PAUL MAFFI