El poderoso encanto de lo imperfecto

El poderoso encanto de lo imperfecto

Bosco Sodi habla de sus proyectos, entre la creación y la acción social

El pasado septiembre, mientras Donald Trump pregonaba sobre la necesidad de construir muros cada vez más altos y arrogantes, uno de ellos apareció en la neoyorquina Washington Square. Construido por el artista mexicano Bosco Sodi (Ciudad de México, 1970) y un grupo de amigos, con hermosos ladrillos artesanales traídos desde el pueblo de Puerto Escondido (Oaxaca), el muro duró cuatro horas, el tiempo que necesitaron los transeúntes para desmontarlo y llevarse los ladrillos a casa. «Quería que fuese un muro hecho por mexicanos con tierra mexicana. Luego, los ciudadanos llevaron a cabo una performance espontánea, poética y política al mismo tiempo, demostrando que la acción cívica puede desmantelar cualquier tipo de muro». Esta instalación performativa ha sido su primera obra pública y la ha realizado con la complicidad de la Paul Kasmin Gallery. En esta galería de Nueva York, Sodi ha expuesto sus piezas más recientes, unas esculturas hechas a partir de cubos, que también moldeó a mano y coció según las técnicas artesanales de este pueblito costero. 

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En este caso, la elección del material representa mucho más que una voluntad conceptual y formal; materializa la elección vital y profesional de un creador nacido en México que, tras viajar mucho y residir en Barcelona, París y Berlín, ahora que tiene mujer y tres hijos ha elegido vivir entre Nueva York, su ciudad natal y Puerto Escondido. Allí ha creado Casa Wabi, un proyecto artístico y social, alejado de los focos de las metrópolis y del retorno mediático, dirigido a los jóvenes mexicanos para que conozcan el arte, aprendan a expresar sus inquietudes creativas y las conviertan en una herramienta de empoderamiento. «Casa Wabi es un medio para devolver, a mi comunidad y mi país, parte de lo que he recibido. No se trata de negar la importancia del dinero, sino de saber cómo utilizarlo», asegura. 

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«Además, si bien para mí –y en general para un artista– es importante estar en una capital del arte para acceder a grandes cantidades de información, también lo es reforzar las raíces, recuperar la tradición y pasar temporadas en un pueblito como Puerto Escondido», añade. También le fascina Oriente, y pasa largas temporadas en Japón, de donde viene la filosofía wabi-sabi que aplica tanto en su práctica artística como en los demás aspectos de su vida cotidiana. La asimetría, la aspereza y la sencillez, así como la importancia de lo efímero y lo impermanente, son algunos de los principales valores de esta filosofía, derivada del budismo, que plantea una visión estética basada en la belleza de lo imperfecto y lo natural.

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Desde un punto de vista más estrictamente creativo, la búsqueda y el estudio de los materiales subyace en toda su obra: desde la pintura cada vez más matérica que lo dio a conocer, hasta las esculturas más recientes, minimalistas y orgánicas al mismo tiempo. «Antes de trabajar con las rocas volcánicas, estuve seis meses investigando para conocer el material y sus reacciones», recuerda, aludiendo precisamente a estas esculturas. 

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«Todo mi trabajo se basa en el proceso, en la búsqueda del resultado deseado. Sin embargo, reconozco la importancia del elemento aleatorio, de la incertidumbre y la sorpresa que implican los procesos naturales. Por ejemplo, me fascina cocer el barro y la cerámica en hornos rústicos, ver cómo aflora el color, cómo cambian las texturas y se van craquelando como si fueran pinturas», explica, enlazando su producción escultórica con el proceso de secado por el que pasan sus pinturas, durante el cual, los factores externos alteran la apariencia de las superficies formando una red de pequeñas grietas y fisuras que escapan a su control.

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El nombre de Bosco Sodi ya sonaba con insistencia en el mundo del arte cuando el galerista barcelonés Carles Taché, gran apasionado de la pintura, lo llevó a la feria ARCOmadrid, abriéndole las puertas del coleccionismo español. Era 2010 y, por aquel entonces, Bosco realizaba pinturas de gran formato, muy orgánicas, que delataban una profunda investigación acerca del uso del color y la textura. «El paso de la pintura a la escultura ha sido lógico y natural, porque mi pintura siempre ha sido muy escultórica y tridimensional, muy táctil», explica el artista, quien, de las formas abstractas y orgánicas de sus primeros objetos, ha pasado al cubo, protagonista de sus piezas más recientes y símbolo de la intervención del hombre sobre las formas de la naturaleza. 

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Ajeno a las imposiciones de las modas y las tendencias mercantiles, ha visto cómo la cotización de sus obras subía como la espuma mientras su presencia se multiplicaba en las colecciones y los programas expositivos internacionales. Recientemente ha regresado por partida doble a la Ciudad de México, donde no exponía desde el 2012. Por un lado, se ha convertido en artista comisario de la muestra Por los siglos de los siglos, en la que plantea un diálogo entre sus obras y la colección permanente del Museo Nacional de Arte, que abarca desde la época virreinal hasta el siglo XX. Por otro, ha reunido, para el Museo Diego Rivera Anahuacalli, cubos de arcilla envueltos en lámina de oro, esculturas de piedra volcánica, tabiques de barro rojo y cuadros de aserrín, fibra, resina y tintes naturales. Algunas series las ha creado ex profeso para el Anahuacalli, como un conjunto de rocas doradas y las esculturas de piedra volcánica, procedentes de la zona de Guadalajara, que dialogan con el edificio y la colección de arte prehispánico de Rivera. «El propio museo se asemeja a un viejo volcán», concluye el artista.

Texto: ROBERTA SOTO
Fotografía: SEBASTIÁN HOFMANN