Solar Magazine

Todos los orgasmos del mundo

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Todos los orgasmos del mundo

[...] todos, absolutamente todos, llegamos a este mundo por vía de un orgasmo.

Sin ellos saberlo, una familia entera despertó mi sexualidad. A los 8, M., la madre, fue la primera mujer que vi desnuda en una fotografía. Aparecía embarazada, con una barriga monumental y su eterno bronceado color terracota, la melena platino y una mata de vello negro en el pubis, donde yo ni sabía que crecía pelo. A los 17, J., mi compañero de curso, fue el primer conocido con quien me enrollé, en el cuarto de lavar de la casa de mi madre después de una fiesta. Un encuentro fallido en el que quiso participar el palo de una escoba. A los 28, N., su hermana −lesbiana y casi idéntica a J.−, fue la mujer con la que más cerca he estado de acabar en la cama, mientras jugábamos a spin the bottle desnudos, como si aún fuéramos adolescentes.

El ardor de la pornografía desempeñó un papel igual de importante. Recuerdo la ansiosa misión de hacerme por primera vez con ella, recién estrenado como adolescente, con el corazón palpitándome en las sienes cuando le pregunté al vigilante de la casa de mi madre si me podría comprar una porno. Y me estrené a lo grande. Quiso la casualidad que mi primera Playboy fuera la edición especial del cuarenta aniversario, con el conejito en franjas neón sobre un fondo negro, y Marilyn, en blanco y negro, asomándose por el ojo. De golpe me tocó verlas a todas: a la propia Marilyn, a Farrah, Bo, Madonna, Pamela, Cindy y los dibujos de Mel Ramos. Me llamó la atención la cambiante morfología de las tetas a lo largo de las décadas, y siento un modesto orgullo al afirmar que mi primer contacto con el porno tuvo un cierto valor antropológico. 

También recuerdo mis mejillas hirviendo en vergüenza una tarde que mi madre me preguntó por un sitio llamado Babylon Boys; era cuando el historial de búsqueda no se podía borrar, o yo no sabía aún cómo hacerlo. Recuerdo miserias, migajas de escenas, rompecabezas de polvos que atesoraba, quizá para ese entonces, ya en algún CD. La pornografía era un tesoro. Hoy es un hongo que se esparce en internet y las redes sociales, alimentado por profesionales y amateurs exhibicionistas que nos invaden con solicitudes de mensajes, acompañados de una imagen borrosa con la leyenda «Blurred to protect you from unwanted content».

Un amigo lo llama «la instagramización del sexo», la muerte del misterio, el fin de la sorpresa. Si bien celebro y me regocijo en el extenso y específico menú que existe hoy para satisfacer el apetito sexual más de nicho, me supera la nostalgia de una época más libre —que no viví pero idealizo—, cuando el sexo era menos político, cuando ligar no era un campo minado por demandas, enfermedades y amenazas. 

En Solar no somos nadie para medirle la calentura al mundo, ni para saber si se folla mejor o peor que antes, más o menos… Pero sí podemos atestiguar la sórdida soledad al lamer a deshoras la pantalla de un móvil anhelando hacer lo mismo con la carne. Sí somos alguien para recordar que todos, absolutamente todos, llegamos a este mundo por vía de un orgasmo. Y en las próximas 336 páginas y para los próximos seis meses, yo no puedo más que desearos los mejores.  

Y que por lo menos uno de ellos reviente en una carcajada. 

IGOR RAMÍREZ GARCÍA-PERALTA

 

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