184 minutos con C.Tangana

184 minutos con C.Tangana

Éxito y neuronas

Antón Álvarez Alfaro es un pensador. Y, el año pasado —ese que muchos preferirían olvidar—, el rapero español de nombre C. Tangana tuvo mucho sobre lo que cavilar. 

    Si no has escuchado la canción española del verano −Antes de morirme, un sensual dueto de hip hop con Rosalía, la cantaora del momento−, seguramente es porque te perdiste todas las fiestas. No te servirá de mucho poner la radio: el éxito de C. Tangana no ha ocurrido gracias a la industria musical comercial, sino, más bien, a pesar de ella. Este chaval de 26 años encabeza una nueva generación de músicos españoles, artistas que encuentran su público en internet, autogestionan su marca personal en Instagram y, rápidamente, acaban teniendo a la industria de la moda a sus pies, rogándoles por un pedazo del siempre cambiante mundo de los millennials.

    El año pasado, el madrileño consolidó su fama lanzando el hip hop español hacia lo mainstream. Las páginas de los medios de comunicación más importantes del país ya se han hecho eco de su rostro y de sus opiniones. El autoproclamado «chico del año» quizás no siempre logre su ambición de ser el ídolo más humilde del hip hop, pero, considerando su rapidísimo ascenso de los últimos doce meses, pocos podrían disputarle el título.

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    En Solar nos reunimos con él en su hábitat natural: Quintana, un barrio popular, al noreste de Madrid, en el que los sabores latinoamericanos se mezclan con los relucientes letreros de neón y los jóvenes desfilan con sus chándales por las aceras. Nos sentamos en el Yakaré, un bar paraguayo —de sus favoritos en el barrio—, y pedimos unas suculentas empanadas de pollo. Con toda la calma del mundo, C. Tangana comienza a dejarnos ver lo que esconde tras su máscara.

Pucho, como le llama su gente más cercana (incluida la del Yakaré), es mucho más que un one-hit wonder. Su breve aparición en un reportaje de VICE sobre el incipiente (y sórdido) género trap en España lo dejó muy claro y fue muy comentado. No solo por decir que no se considera trap —sus letras hablan más sobre el amor y el éxito que sobre las drogas y la delincuencia, algo inherente a este género—, sino también por afirmar que lo que le interesa es ser una buena persona. En una declaración posterior, sus palabras parecen desafiar el propio tema del reportaje: cuestiona, con tono incrédulo, por qué habría de querer sumirse en un pozo repugnante que seguramente lo llevaría a la cárcel. Su insistencia en querer que su vida sea «bonita y perfecta» quizás lo delata como la quintaescencia de lo español, pero también demuestra que se esfuerza por defender su muy peculiar guarida de un espectro musical sobrepoblado de delincuentes wannabes.

    Coquetear con lo paradójico es parte de su personalidad. Es un chaval de buenos modales, pero dice las cosas sin rodeos. Humilde y a la vez elegante. Poético y político. Un buen tipo, como él mismo se describe, que a menudo revela sus tendencias anarquistas. Cuanto más conversamos, más claro tengo que es alguien que disfruta de todas estas contradicciones. «Soy consciente de que tengo muchas, pero son contradicciones vitales y necesarias. Yo creo en el dinamismo. Todo tiene que ir modificándose».

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    Su postura no sorprende. Han pasado muchas cosas desde que repartía flyers de un bar de sándwiches en la Gran Vía madrileña. Por aquel entonces, aprovechaba ese trabajo para promocionar sus pequeños conciertos. Ahora, sus entradas se agotan para tres conciertos consecutivos en algunos de los lugares más cotizados de la capital española. Sin embargo, Pucho es consciente de la naturaleza efímera de la fama y el éxito, aunque ya muchos españoles de su generación parecen ver el futuro con la misma cautela.

«Creo que la gente aquí, gracias a la crisis, se ha dado cuenta de muchas cosas. Pero, para mí, el 15M es la cosa más grande que he visto en España». Han pasado casi seis años  desde aquel memorable 15 de mayo del 2011 —seis meses después del brote de la Primavera Árabe, cuatro meses antes de los activistas de Occupy Wall Street—, cuando 80 000 personas llenaron las plazas de España para exigir un cambio a su clase política. Muchos, incluso, demandaban una nueva clase política.

Pucho recuerda el campamento que se plantó en la Puerta del Sol. Esta plaza es el corazón simbólico de España y, también, su famoso Kilómetro Cero. Los que inundaron la explanada se llamaron a sí mismos los indignados. Mantuvieron su trinchera durante semanas y usaron la plaza entera como un foro gigante para expresar su ira, frustración y desesperación hacia la clase gobernante. Un sinnúmero de voces compartieron allí sus impactantes y dolorosas historias. En la atmósfera se respiraba cierta catarsis colectiva. «Al principio había desde chavales gritando «¡Esto es la revolución!» hasta trabajadores de traje… A los jóvenes, a mi generación, nos hizo pensar mucho sobre nuestra realidad. Y, desde entonces, en Madrid se ha notado ese cambio. El espíritu de la ciudad es otro».

Como si lo hubieran planeado, en ese momento entra, por la esquina del bar, un grupo de tres chicas adolescentes cantando. En medio de una cacofonía de pandero y palmas, piden de mala gana una propina a los únicos clientes del lugar (nosotros). No es exactamente el mejor ejemplo de la nueva e intrépida generación madrileña que lucha por su futuro, pero Pucho aprecia el intento, es generoso y les sonríe.

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«El sistema está hecho para que tú lo aproveches —continúa—. Creo que todo poder regulado y establecido debe ser cuestionado por principio. Admitir que hay unas personas por encima de otras es peligroso y supone el principio del mal. Entiendo que el ser humano necesita, para organizarse, relaciones de poder constantes. Vale. Pero esa autoridad debe ser cuestionada constantemente. Pensar así es una forma de responder a la manera en la que he sido criado, a mi educación y a cómo funcionan las relaciones de poder en España. Aquí, la herencia franquista se sigue notando. Los españoles siempre han tenido mucho miedo; no han sido gente empoderada. En vez de preguntar: “¿Qué hay que hacer?”, han sido más de decir: “Espera, ¿qué es lo que pasa?”. Aquí tuvimos una dictadura que todo el mundo asumió durante cuarenta años. Y, en España, la dictadura funcionaba; estaba muy asumida. No había revoluciones. Luego, cuando Franco murió, la mayoría de las personas que tenían poder, real y fáctico, pasaron a formar parte del gobierno democrático. ¡Era la misma gente! Con la política soy un cínico total. El poder corrompe; es maligno».

Las palabras de C. Tangana dicen mucho sobre las contradicciones que él mismo representa. Sin embargo, si lo escuchas con atención, te harás una idea de cómo la juventud española ha sido moldeada por sus predecesores. Por suerte, esta tendencia al cinismo, compartida por tantos de su generación, también ha provocado mucha autorreflexión sobre lo que significa ser español en 2017.

«Aquí tenemos el complejo de no ser del norte de Europa. Nos criamos pensando que todo va mejor allí, y que en el sur las cosas van mal. Y España se encuentra en medio. No tenemos la ambición del norte, pero tenemos claro que no queremos ser del sur. El problema, aparte de la herencia franquista, es que nuestro sistema de educación sigue siendo cero motivador y que las instituciones atontan a la gente». Estas ideas −además de sus declaraciones, en las dos últimas elecciones nacionales, sobre su negativa a votar− dan una visión más profunda del complejo personaje que se oculta tras el músico que vemos en los bolos.

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«Soy consciente de la influencia que tengo. Pero, a mí, que no me echen la culpa los padres ni las madres de no enseñar a sus hijos a no creer en todo lo que ven en Instagram o  escuchan en la tele y a no admirar a sus ídolos. El líder y el ídolo deben ser exterminados. Si yo soy un líder o un ídolo, que vengan a matarme, porque yo no quiero decirle a nadie lo que tiene que pensar. Para mí, la forma de hacer política va más por la sugerencia que por el dogma: si escribiese algo político, haría una canción que te sugiriera algo, pero nunca le diría a la gente lo que tiene que pensar».

Se detiene, toma un buen trago de su tercera caña y cambia de tema para hablar de su futuro. «Lo que pasa es que ahora necesito vivir de la música, y todavía me estoy armando». En sus próximos planes hay mucha más música, más colaboraciones y cuantos bolos le permita el cuerpo. Mientras tanto, se mantiene ocupado rodeándose de los ojos y los oídos correctos. Hace poco, una de sus amistades se convirtió en su estilista. Otra más sacia su visceral apetito mostrándole el mundo del arte. Y una más es su fotógrafo oficial. También está, por supuesto, Agorazein, su armadura hip hop compuesta por sus compañeros Sticky M. A., Jerv.agz., I-Ace y Fabianni.

También habla sobre una próxima gira en América Latina. «Latinoamérica es el lugar con el que más me identifico de todos en los que he estado. El estilo de vida, el trato, la familia, los amigos... Mucho más que con la mayoría de los países europeos». Cuando tocamos el tema de los comentarios de Donald Trump −en especial, la infame expresión «bad hombres», que surgió durante uno de los acalorados debates presidenciales de los Estados Unidos−, C. Tangana es tajante: «Creo que es ofensivo, porque el término utiliza mi idioma de una manera que parece estar atentando contra mi cultura. No empatizo con nada de lo que dice Donald Trump, pero no hace falta que dogmatice. Con transmitir un mensaje de orgullo y ser como soy es suficiente. Me siento orgulloso de hacer música en español. Ahora está de moda querer ser como Tony Montana, pero lo que yo quiero hacer musicalmente no va por ahí. A mí me gusta componer otro tipo de canciones».

Le pregunto que de qué tipo, mientras pedimos un par de empanadas más. «Sensibles. Creo que soy alguien con una gran sensibilidad humana y artística. Siempre he sido así. Al principio, hacía otro tipo de temas. Era lo que había, pero luego también tenía mis canciones de sensiblón y de poeta. Ya me he dado cuenta de que no hace falta reproducir el formato. También puedes inventártelo».

Texto: LIAM ALDOUS
Fotografía: ADRIÁ CAÑAMERAS
Realización: NONO VÁZQUEZ