De libre actuar

De libre actuar

Lucas Balmaceda Pascal y las prerrogativas del actor

Quedar con Lucas no es fácil. Entre rodajes de películas, ensayos de obras y el repertorio de proyectos en marcha que malabarea sin angustia alguna, además de personaje, el actor chileno es persona. Trabaja duro, pero juega acorde. 

Balmaceda nos abre la puerta de su casa, un domingo a las diez de la mañana, con pelo de almohada, ojos de sábana y voz de sueño, pero aún sonriente de la noche anterior. Recién levantado, en calzoncillos y camiseta roída, nos ofrece un café y se enrosca en un sillón aterciopelado dispuesto a charlar del typecasting, de semiótica, de libertad, de Brecht y de sí mismo.

Enjuto de cuerpo y sincero de boca, este hombre risueño rápidamente demuestra que la risa no abunda en boca de tontos, sino todo lo contrario. 

«¡Me titulé!», exclama, extendiendo los puños y sonriendo con satisfacción. Suspira, cierra los ojos y se restriega la cara como si hablase de un sueño que tuvo anoche. «Igual… me costó la universidad. No en términos académicos, sino más bien ideológicos. Me costó aceptar patrones (a veces) anticuados, cánones (a veces) genéricos y reglas (a veces) obsoletas, pero, de todas formas, lo logré y aquí estoy. Supongo que hay gente más académica que otra, por eso respeto todas las formaciones, prácticas y empíricas, y no me arrepiento en absoluto de la mía».

¿Y a qué les enseñan a los actores en la universidad, a actuar? 

[No se da por aludido, sino, más bien, vuelve a estirarse y mira al techo buscando una respuesta]. 

En lo personal, lo que más aprendí fue a pensar colectivamente y a entenderme a mí mismo como parte y causa de un todo. Esa comprensión de la puesta en escena como un micelio es imprescindible para un buen actor, porque nadie actúa solo: dependemos casi en un cien por cien de la gente que nos rodea. Esa interrelación también determina nuestra libertad creativa; dependiendo de la confianza que tengamos en nuestro micelio, seremos más o menos libres en nuestro quehacer artístico. 

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¿Qué ocurre si falla el micelio?

En todo momento uno puede retirarse de algo que no le parece bien encaminado. No es lo ideal y no suele hacerse, pero la opción existe. Personalmente, me parece que, en lugar de esperar ese punto de inflexión, vale más aprender a ser propositivo y aportar desde el rol y la formación del actor. Existe la mala concepción de que los actores somos marionetas, cuando, en realidad, nuestra formación escénica tiene que ver, justamente, con opinar, crear y aportar además de actuar.

¿Los directores piensan igual?

En mi experiencia, un buen director no se siente amenazado por la opinión de sus actores. Por supuesto, esto depende, en gran medida, de cómo plantee el actor sus dudas e inquietudes. Como en toda industria, en las artes escénicas existe un fuerte egotismo; sin embargo, diría que los directores son los más interesados en contar con una red de confianza sólida. De todas formas, como actores siempre tenemos pavor a que no nos quieran. Estamos constantemente esforzándonos por demostrar que somos más de lo que fuimos en nuestro último papel, para lo cual volvemos a depender de nuestra red de confianza. No es fácil encontrar directores que se la jueguen por ti con un papel que no hayas interpretado antes o que resulte poco obvio para tu fenotipo. El director tiene que confiar y arriesgarse para permitir que, como actor, maximices tu libertad creativa. 

¿Hablas de la famosa zona de confort?

Sí. Para combatir el typecasting tienes que estar dispuesto a desdibujar y redibujar tu zona de confort constantemente. No porque gustaste en un determinado papel te vas a quedar ahí. Todo lo contrario: de inmediato desdibujas la forma que se espera que mantengas. 

¿Roland Barthes?

Claro. Depende de ti que tu forma sea capaz de contener diversos fondos. Semióticamente, tu signo debe poseer la cualidad de reinventarse. 

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¿Cómo logra un signo desdibujarse sin dejar de ser signo?

Se construye, destruye, construye y destruye a perpetuidad. 

Entiendo. Se necesita libertad −proporcionada por tu red de confianza− para llevar a cabo este proceso de construcción y destrucción continua. 

Exacto. Y esa libertad es tanto producto de lo que te permite el medio como de lo que logras que te permita el medio, ¿me entiendes? Por eso hablo del micelio: no existen partes  aisladas, sino un todo interconectado. En ese sentido, pienso que, como actores, debemos regresar constantemente al teatro, porque es donde tienes menos restricciones. Para mí, el teatro es el espacio más libre que existe. 

Habría pensado lo contrario. ¿No te coarta la inmediatez?

En absoluto. La responsabilidad de ser en la inmediatez cataliza un instinto indescriptible, al menos en mí. Se genera ese extrañamiento brechtiano en el que el actor se convierte en vehículo de su personaje. 

Nunca entendí el extrañamiento de Brecht. ¿Lucas Balmaceda desaparece para dar cabida a un personaje?

No, no. Es la ambivalencia entre mostrarse y distanciarse. El extrañamiento no consiste en dejar de ser uno, sino en entender que uno es y puede ser muchas cosas al mismo tiempo en la medida en que se tenga la valentía y la libertad para explorarlo sobre el escenario. Ser actor es lograr conectar con la multidimensionalidad del ser humano a través de la actuación.

Texto: RICHARD SHARMAN
Fotografía: ROCÍO MASCAYANO
Realización: SANTIAGO HERRERA