Es mejor negocio la paz que la guerra

Es mejor negocio la paz que la guerra

Entrevista a Juan Manuel Santos, premio Nobel de la Paz y presidente de Colombia

En cuestión de meses, el presidente Juan Manuel Santos dejará la Casa de Nariño −residencia de los mandatarios colombianos− después de casi ocho años. Elegido democráticamente en el 2010 y ratificado en el 2014, el trigésimo segundo dirigente de la nación cerrará su mandato con un buen balance a pesar de las constantes críticas por parte de la oposición, liderada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez, con quien sirvió como ministro de Defensa.

Santos deja un país que aparenta ir por buen camino pero, dada la historia reciente de Colombia, cualquier cosa puede pasar. En medio de la incertidumbre por un proceso que dividió al país, pero con un cierto aire de esperanza, los colombianos se alistan para recibir el futuro y elegir un nuevo presidente en mayo del 2018. 

Antes de su salida, Solar lo entrevistó en su despacho.

¿Cómo fue su experiencia como ministro de Defensa −luchando contra la guerrilla− y, después, como presidente −sentándose a la mesa con los insurgentes, pasando de la guerra total a los diálogos de paz−?, ¿en qué momento se dio cuenta de que la violencia no era la solución?

Mucha gente cree que cambié de opinión. Pero no fue así. Para lograr la paz hay que generar unas condiciones, y yo identifiqué varias que nos llevarían a una negociación exitosa. 

Una de ellas era cambiar la correlación de fuerzas militares y convertirlas a favor del Estado. Otra era debilitar a la guerrilla y a sus comandantes para que se dieran cuenta de que es mejor negocio la paz que la guerra. Y una tercera eran las buenas relaciones internacionales y el apoyo de la región [las Américas]. 

Llegué al Ministerio de Defensa convencido de que tenía que ser exitoso militarmente para disminuir la capacidad de las FARC y poder negociar desde una posición de fuerza, evitando que la negociación fuera un espacio para que ese grupo se fortaleciera, como había pasado en ocasiones previas. Muchas veces hay que hacer la guerra para lograr la paz. 

Eso me costó mucho, políticamente. Mis opositores me tildaron de traidor. Para ellos, pasé de ser el ministro más popular del gabinete (porque tuvimos mucho éxito librando la guerra) a ser un traidor. Yo sabía que una guerra como la nuestra, simétrica y que llevaba cincuenta y dos años, solo podía acabarse en una mesa de negociación. La alternativa habría sido continuar luchando durante veinte o treinta años más, y el país no lo resistiría. Si uno quiere ser un buen jefe de Estado, tiene que hacer lo correcto, no lo popular. 

En relación a esto, ¿cree que el Premio Nobel de la Paz legitima algo que el Plebiscito sobre los acuerdos de paz en Colombia no? 

(Por medio de una consulta popular, Santos le dio al pueblo colombiano la posibilidad de votar a favor o en contra de los Acuerdos de Paz que se habían negociado durante cuatro años en Oslo y La Habana. Solo el 37,4% de la población electoral se presentó a las urnas, y el no venció al sí por una diferencia del 0,43% (53 908 votos). Tras una revisión −en conjunto con la oposición− los Acuerdos fueron enmendados y oficialmente firmados el 26 de septiembre del 2016). 

El reconocimiento legitima un esfuerzo, todo el que invertimos en lograr la paz. El plebiscito fue un resultado desafortunado, bajo unas condiciones muy sui géneris. Ganó el no por menos de un punto. Ese día hubo un fuerte huracán en la Costa Caribe del país que nos quitó más de cuatro millones de votos. La campaña de la oposición estaba basada en las mentiras (algo que viene pasando internacionalmente), tergiversando los datos y estimulando falsas emociones. 

Todo eso influyó en que perdiera una consulta que no era un paso obligatorio para la consecución de la paz. El plebiscito fue, en cierta forma, un capricho mío. Y ahora, en retrospectiva, una equivocación mía. Siempre tuve las facultades de hacer lo que después hice, lo legal, que es presentarlo al Congreso, donde fue aprobado por abrumadora mayoría. 

Para lograr la paz se requiere más que la firma de un papel. ¿Cómo se garantiza una paz estable y duradera?

Es un proceso. La construcción de la paz será más difícil que su consecución. Ya logramos la fase de lo que los anglosajones llaman peacemaking y ahora tenemos que pasar al peacebuilding. Es como construir una catedral, ladrillo a ladrillo. Y es algo que va a tomar tiempo. Implica llevar inversión a lugares donde el Estado no ha estado muy presente, cambiar lo que Douglass North denomina «instituciones informales», las actitudes, el comportamiento y la cultura de la sociedad. Tenemos que dejar atrás las heridas de medio siglo de conflicto y comenzar a sanar. 

La próxima generación, a diferencia de la nuestra, nacerá en un país sin guerra. ¿Qué les espera?, ¿cómo juzgarán la historia de Colombia?

Mucho mejor de lo que mucha gente está pensando hoy. Nuestra guerra se desarrolló, principalmente, en regiones remotas del país, y la gente, en las grandes ciudades, tiende a no sentir sus estragos. Es impresionante ver las reacciones de las personas que viven en esos municipios azotados por la violencia comparado con las reflexiones que uno puede oír en un club social de Bogotá. Sus hijos y mis nietos leerán sobre las atrocidades, lo que costó esta guerra y lo que representó dar el paso histórico de acabar con nuestro conflicto armado. 

¿Qué legado le deja a su sucesor y cómo le gustaría que continuara su labor?

Le dejo un país en paz, un proceso irreversible. Más allá de eso, le dejo una economía sólida, unos índices de pobreza bajos, con cobertura universal en educación y en salud, además de una infraestructura mucho más desarrollada. Estamos dejando un país mucho mejor del que recibimos, pero soy consciente de que falta mucho camino por recorrer. Ojalá no hagan «borrón y cuenta nueva», sino que continúen con las políticas exitosas, las de la tercera vía. Alejémonos de la extrema derecha y la extrema izquierda, seamos pragmáticos. 

Uno de los desafíos más grandes con los que se enfrentará el presidente entrante será el narcotráfico. ¿Qué consejo le daría? 

Esta lucha la declaró el mundo hace más de cuarenta años, y sigue casi intacta. Colombia ha sido el país que más ha puesto en esa guerra en materia de sacrificio, de vidas, de sangre. A veces se siente como una bicicleta estática: pedaleamos y pedaleamos, pero no avanzamos. El narcotráfico es una cadena, y cada eslabón tiene sus características. Yo incluí este tema en los Acuerdos de Paz porque me di cuenta de que este es el flagelo que financia toda la violencia. 

Tenemos que ser más eficientes a la hora de combatirlo, no solo desde el lado punitivo, sino también brindando alternativas a los adictos, evitando que campesinos sin otra alternativa que sembrar marihuana terminen en la cárcel, teniendo en cuenta que ya es legal en los mayores centros consumidores. Tengo la esperanza de que avancemos con este tema ahora que las FARC se han comprometido a contribuir en la sustitución y erradicación forzosa de los cultivos ilícitos. Le recomiendo al siguiente presidente que siga esta política. 

¿Qué hará el expresidente Santos cuando salga de la Casa de Nariño?

Voy a disfrutar de mi familia, a leer muchos libros que tengo acumulados y a escribir mucho. Debo compartir mi experiencia; quiero dar clases, llevar una vida tranquila. Tenga la seguridad de que no voy a molestar a mi sucesor. 

Cinco logros del Gobierno Santos

-Fin del conflicto armado tras cincuenta y dos años de guerra contra las FARC.

-Reducción de la desigualdad: se crearon 3,3 millones de empleos y 4,6 millones de personas dejaron de ser pobres. Además, 2,6 millones salieron de la pobreza extrema. Se entregaron 100 000 casas, gratis, a familias que no tenían vivienda propia. 

-Se destinaron más de 40 billones de dólares al desarrollo de la infraestructura nacional; las carreteras de doble calzada aumentaron 2 600 km y el número de municipios con internet de alta velocidad subió a 1 078 (en el 2010, solo doscientos contaban con este servicio). 

-Todos los colombianos están cubiertos por el sistema de salud. Al margen de sus ingresos, todos gozan de los mismos beneficios (hace menos de una década, solo una cuarta parte tenía acceso a subvenciones). 

-Apertura global: el país se ha posicionado como un destino turístico y atractivo para la inversión extranjera. Además, veintiséis países han acabado con el requisito de visas para visitantes colombianos.

Texto: IGOR RAMÍREZ GARCÍA-PERALTA Y SANTIAGO RODRÍGUEZ TARDITI
Ilustración: SILVIA BEZOS