Hablar de Colombia vía México

Hablar de Colombia vía México

Este mes se lo damos a Colombia. De hecho, a lo bien que se encuentra.

El mes que hoy inicia lo dedicaremos principalmente a Colombia, pero en esta carta quiero hablar también de México, el país donde crecí. ¿Cómo justificarlo? No es difícil, los cabos entre las historias recientes de ambos países se atan solos. Son dos pueblos que han tenido que compartir el flagelo de la delincuencia organizada y el desgarro del narco. Incluso la cultura pop ensalza este tema y los fans de Narcos esperan ansiosos la cuarta entrega de la serie, que continuará con los carteles mexicanos.

Hay diferencias importantes que incluyen tres décadas de desfase, un Premio Nobel de la Paz —otorgado al presidente Santos por sus esfuerzos para desarmar la guerra civil colombiana—, y ex guerrilleros que vuelven a la vida civil en medio de un proceso de paz aún cargado de innumerables retos, pero que permite esbozar una Colombia post-conflicto. Mientras tanto, el gobierno mexicano se hunde en cuentas por saldar con su población. 

Abro un paréntesis para escribir de México solamente, subrayando algunas coincidencias macabras que encabezan esa larga lista de explicaciones pendientes. Hace 4 años, 43 estudiantes desaparecieron, a manos del narco, sin que las autoridades hayan podido brindar una explicación satisfactoria hasta la fecha. Leamos bien: cuarenta y tres. Cuarenta y tres familias rotas, hechas añicos. Precisamente 43 euros fue el precio que pagó un cartel a la policía local de Tecatitlán, Jalisco, por tres napolitanos a principios de año. Sí: cuarenta y tres. Seguimos: el 19 de septiembre del año pasado, en la fecha exacta que se conmemora el 32 aniversario del fatídico terremoto de 1985, la Ciudad de México se volvió a estremecer. La capital colapsó, varios auguraban el resurgimiento y la reconstrucción de la población civil de entre los escombros. Medio año después, una profesora de la Facultad de Arquitectura de la UNAM que vivía con su hija al sur de la ciudad hacía precisamente eso —reconstruir su casa, dañada por el sismo—, cuando se enfrentaron al desenlace más ruin y violento. Los asesinos remataron prendiendo fuego al inmueble —en reconstrucción— y yo no puedo dejar de pensar en esas llamas y la oscura metáfora que representan. 

Retomando las similitudes entre ambos países me topo con los casos ultra mediáticos de ciudadanas francesas involucradas en secuestros: Ingrid Betancourt —secuestrada en Colombia— y Florence Cassez —presunta secuestradora en México—. Hace una década, ambos se desenvolvieron contemporáneamente en las primeras planas de los diarios y en el prime time de los noticiarios de todo el mundo. Betancourt me ayuda a entrelazar aún más estas historias cuando, una vez liberada, viaja a México para agradecer a la Virgen de Guadalupe por su intervención y entrega una carta del entonces presidente Nicolás Sarkozy a su entonces contraparte mexicana, Felipe Calderón, solicitando su apoyo en el caso Cassez. 

Diez años más tarde, de manera arriesgada y ágil, Jorge Volpi vuelve a sacar esta historia a la luz en Una novela criminal —Premio Alfaguara de Novela 2018—, poniendo el dedo en la yaga de una de las crisis diplomáticas más agudas entre un país europeo y uno latinoamericano en años recientes. Una crisis que, por mi trabajo de aquel entonces, atestigüé con relativa cercanía. Cassez ha cumplido ya un lustro viviendo libre en Francia, mientras que su ex pareja,  Israel Vallarta, presunto líder de una banda de secuestradores, sigue cumpliendo una condena derivada de un proceso que hace palidecer al documental más crudo de Netflix: tortura, siembra de pruebas, notas discordantes, testimonios falsos, escenificaciones antes los medios. Mi actual línea de trabajo me exige mencionar también los enredos amorosos, the good looks of Vallarta y una posible trama homosexual, furtiva, vengativa y peligrosa que dan a esta historia dimensiones épicas.

Pero como he dicho: este mes se lo damos a Colombia. De hecho, a lo bien que se encuentra. Las entrevistas que publicaremos en las próximas semanas se realizaron durante seis meses en los que estuve viajando a Bogotá —persiguiendo un amor que no cuajó—. Incluiremos charlas con el propio presidente Santos y con el alcalde Peñalosa, así como con los jóvenes que están revitalizando esa ciudad, inyectándola de una energía transformadora, impregnada de un sentimiento de unidad y corresponsabilidad. Estas son cualidades que siempre he admirado en la diáspora colombiana, en amigos y colegas coetáneos que crecieron en privilegiados exilios en Miami, Reino Unido, Suiza, incluso México. Hablo de vosotros —ustedes—: Esteban Cortazar, Santiago Rodríguez Tarditi, Cloclo Echavarría, Laura Riascos, Andrea Wild Botero. Aplaudo vuestro sentido de responsabilidad y vuestras nobles ganas de devolver algo a Colombia. El efecto se siente. 


Espero, de corazón, que en esto haya también alguna similitud con México. 

Y espero también que no tengamos que esperar tres décadas para constatarlo. 

 
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Igor Ramírez García-Peralta 

Instagram: @igor_solar

Obra: Jim Amaral, “El que nunca ha tocado fondo,” acuarela y tinta sobre papel, 1969 (presentado en #Solar05).