Milena Muzquiz: una mujer sin fronteras

La sensual vitalidad del arte cuando se piensa en el amor y los idilios 

«Máxima concentración. Ahí estaba yo, sentada en esta silla grande y cómoda, con el cuadro justo enfrente de mí y vistiendo este enorme abrigo de visón blanco cubierto de pequeñas salpicaduras de pintura. Y así trabajaba cada noche. Las horas eran muy productivas. Creaba mi mundo secreto. A altas horas de la noche puedes desconectar del todo, creo que es un espacio muy creativo si eres madre. Así fue como empezaron los cuadros». 

Todo lo que hace Milena Muzquiz tiene la capacidad de diluir fronteras sin ningún esfuerzo. Para ella es lo más natural del mundo. El estratosférico éxito que obtuvo con su antiguo colaborador Martiniano Lopez-Crozet en el grupo Los Super Elegantes, superestrellas del pop latino y de la performance, dio paso a la escultura en cerámica cuando tuvo a su hijo. Dejó la banda y se dio cuenta de que los jarrones normales no le hacían justicia a las increíbles flores que estaba cultivando en el jardín de su casa de Los Ángeles, un jardín tradicionalmente hortícola. Los lirios de cien años seguramente merecen más respeto. El resultado, unas impresionantes y llamativas esculturas con las que el espectador nunca está seguro de dónde acaba el jarrón y dónde empiezan las flores. 

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«Mi enfoque tiene que ver con cambiar la manera que tenemos de mirar las cosas. ¿Qué ocurre si le das la vuelta a algo?, ¿qué clase de preguntas surgen?». Su mirada es refrescante. Es femenina, maternal y tradicional, a la vez que atrevida, fuerte y rmemente independiente. 

«Me crié en la frontera. Cruzaba constantemente de México a Estados Unidos, así que estaba siempre transitando visualmente entre dos mundos que no tie- nen nada que ver el uno con el otro. En un instante pasaba de conducir en una posición completamente erguida a hacerlo inclinada, aunque he de decir que esos formalismos que tiene Estados Unidos también me gustan mucho». 

Es mexicana y es estadounidense. Con esas dos identidades crea algo completamente propio, en su trabajo y en cómo ha elegido criar a su hijo de ocho años Leone, que va a un colegio Waldorf en Los Ángeles en el que no hay tecnología. Aun así, Leone es muy matemático, y se pasó los primeros años de su vida en el jardín de su antigua casa en Yucatán cortando hojas gigantes en elaboradas formas geométricas. Milena apagó por tiempo indefinido la televisión cuando Trump fue elegido presidente.

«Lo que más he aprendido como mujer me lo enseñó Leo. Me enseñó que las mujeres están mucho más evolucionadas que los hombres. Gran parte del poder que poseo como mujer vino con la maternidad. Sientes una conexión física muy fuerte con otra persona. Es increíble que las mujeres tengamos eso, y que sea algo que los hombres nunca podrán tener. Yo antes pensaba que los hombres tenían muchísimo más poder, era partícipe de esa manera de pensar, y tuve algunos problemas debido a ello». 

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Anima a su hijo a aceptar y a expresar sus emociones, al contrario de lo que ha hecho tradicionalmente la sociedad −enseñar a los chicos a esconder sus lágrimas y casi todo lo demás−, y afirma que es tan importante para él aceptar sus emociones como lo es para ella. Muzquiz cree que ese es uno de los mayores errores que la sociedad ha cometido con los hombres. En cuanto a las mujeres, afirma que «una mujer fuerte es aquella que acepta sus debilidades». Milena Muzquiz es un inspirador ejemplo de ello.

Fue criada de manera extrema. Por un lado, la educación que recibió de hombres fuertes descendientes del antiguo presidente de México, Melchor Muzquiz, con un padre de los que mandaba «taparse a todos los ojos ante una persona desnuda en la televisión»; por otro lado, la que recibió de una madre radical que los llevaba de aventuras hippies a las montañas para vivir en cuevas con los indios mexicanos durante dos semanas. «Todo era contradictorio», dice. Parece que de todo eso ha surgido una manera de mirar el mundo tremendamente equilibrada y, de ahí, su arte. 

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Aunque puede que sus mayores motivaciones sean el amor y los idilios. Con esa con orgullo que «los chicos me vuelven completamente loca. Toda mi vida he estado enamorada, como embriagada con ellos». Desde comprobar cómo eran las piernas de los chicos con su amigo gay cuando era una adolescente hasta ensoñarse pensando en ellos mientras escuchaba mú- sica romántica por las noches, su pasión por el sexo contrario la ha estimulado. Su habilidad para soñar despierta es algo que a día de hoy la sigue ayudando en todos los aspectos de su creatividad. Recientemente ha comenzado también a pintar. ¿Por qué? «Conocí a un tío, me enamoré y pensé que quizá si pintaba y esperaba sentada mientras se secaba, podría ensoñarme con él. Pensé que inventar historias del tipo “quizá debí haber dicho esto, vestido aquello...”, ya sabes, esa clase de estupideces de las chicas, me haría pasar  un rato bonito». De esas ingenuas ensoñaciones surgen imágenes sumamente profundas y únicas, pero que solo un lienzo no puede representar completamente. Así que añade lo que en un principio eran soportes de cerámica para los cuadros, convirtiéndolos en esculturas de gran formato. Hay algo intencionadamente erótico y vulnerable en la idea de esta bella mujer pintando apasionadamente a altas horas de la noche, envuelta en un enorme abrigo de visón blanco cubierto de pequeñas salpicaduras de pintura de diferentes colores. Aunque vista el abrigo solo porque es la prenda más abrigada que tiene, y que trabaje por la noche simplemente porque su hijo duerme y es el único momento de paz del que dispone, resulta poético en su singularidad, sentido práctico femenino e irreverencia. Una esencia que queda capturada en la sensual vitalidad de su arte, un arte situado en algún lugar de la difusa frontera entre la pintura y la cerámica, el arte y el espectador. 

Texto: ANIKA VALENTINA MARIC
Fotografía: RENEE PARKHURST