De la vida y la muerte (y de Eros a Tánatos)

El atelier de Leonel Castañeda

Para todo historiador del arte, los ateliers son lugares apasionantes y reveladores. Sin mediar palabra con el artista, sus objetos dicen más que sus testimonios: sus formas de operar, sus fijaciones, sus colecciones, su organización mental o su caos interno, su necesidad de espacio y otras miles de minucias que, como un forense o el mejor caso detectivesco, explicar su personalidad y cómo esta queda patente en su obra. Así, las fotografías de los ateliers de los grandes maestros como Picasso, Matise, Bacon y muchos otros más son pistas ineludibles para aproximarse a esa comunión entre creador y producción.
 

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Quien dezconosca la obra de Leonel Castañeda se quedaría aterrorizado con la primera impresión de despertar en su espacio, entre animales disecados, imágenes de santos, instrumentos quirúrgicos, El jardín de las delicias de El Bosco, vitrinas con prótesis, revistas pornográficas, libros de anatomía y reproducciones gráficas de cráneos que inmediatamente se vinculan con varios libros en cuyos títulos aparecen las palabras violencia o muerte. El ordenado aunque incomprensible orden de esta miríada de objetos realza la terrorífica impresión, que además se excerba con una tenue luz incapaz de alumbrar con plenitud el espacio por la cantidad de objetos que hay en este reducido lugar.

No es el estudio convencional de un artista, no encontraremos un caballete, ni el olor a trementina inundará el espacio; por el contrario, entre estos vestigios de muerte, el olor parece sospechoso. Castañeda trabaja allí más bien como una especie de laboratorio intelectual, obteniendo de su colección de libros material para sus collages y ordenando los numerosos objetos de sus escaparates y vitrinas que revelan su interés por la biología y las ciencias, lo que explica, en su obra en general y en su taller particularmente, la presencia de instalaciones con vitrinas que evocan gabinetes de curiosidades, laboratorios forenses o museos de historia de la medicina. Algo en común podría extraerse de estas tres últimas referencias, y es que en todas ella está presente el cuerpo como objeto de estudio. La idea de exhibirlo en vitrinas ya repara en la observación del espectador y en la preservación de los objetos que contenien, como si se tratara de reliquias que guardan en sí mismas una historia del cuerpo al que pertenecieron. Al igual que en una sinécdoque, narran la totalidad desde el fragmento mostrado.

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En esta indagación a través de sus objetos empieza a esclarecerse el objetivo del artista: el cuerpo humano parece ser el escenario para una serie de reacciones contrarias e intensas, como el deseo y la repulsión, mediadas por el contexto en el cual se examina y por la estética con que la imagen nos acerca a sus detalles. En la exploración de Castañeda en torno a su interés por la historia de la medicina y sus relación con el cuerpo humano, estas facetas contradictorias del cuerpo se evidencian en collages donde la imagen pornográfica, la disección, el estudio anatómico y la autopsia nos revelan la relación directa del fetiche corpóreo como lugar donde se manifiestan atracciones y animadversiones profundas; fuerzas ambiguas como el placer, la juventud y la pasión, el dolor y la muerte, la vejez y la desdicha.

Uno de los aspectos más interesante que aborda Castañeda es aquel en que la historia del arte y de la medicina convergen en una forma particular y práctica: el artista retoma su interés por las figuras femeninas de cera que eran intervenidas quirúrgicamente en el ejercicio de la medicina antigua, y de estas viscerales << venus anatómicas>> - que son motivo de delectación en el museo de La Specola en Florencia- parte la exploración de esas dos fuerzas divergentes pero inmanentes que se compendian en los conceptos de Eros y Tánatos sobre los que arduamente reflexionó el pensador francés George Bataille: el erotismo y la muerte.

Castañeda crea sus propias venus anatómicas no como un ensamble de órganos en cera, sino como collages, extrayendo fragmentos donde estas dos pulsiones están siempre presentes. Su construcción, como Frankestein, incorpora en la fragmentación la idea del fetiche, el deseo y la identidad otorgada a la parte, que en su totalidad no solo pierde la capacidad de ser deseable, sino que nos enfrenta a la violencia de la muerte que queremos eludir.
 

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La reintegración de estos fragmentos en una nueva imagen se convierte en un reordenamiento del cuerpo, de sus funciones, y en una nueva forma de pensar las conexiones entre ese sinnúmero de órganos, extremidades y vísceras que conocemos como un todo. Función y defunción quedan estrechamente asociadas en las venus de Castañeda, glamurosas y abyectas, yacentes en mesas de disección o en barrocas poltronas como la Olympia de Manet o la Venus de Urbino de Tiziano.

Si Castañeda aborda así su obra desde la imagen bidimensional, nutrido por la voluminosa colección de libros y revistas que están en su estudio, la otra gran parte de su producción explora lo tridimensional a partir de esta otra colección de objetos que encontramos en su espacio. Como en los museos de medicina, los objetos no solo son obsoletos porque hayan abandonado al cuerpo que servían, sino que son testimonio de una teconología caduca, son parte de un discurso médico que, en función de la historia del cuerpo, se ha actualizado generando nuevos discursos del cuepo.

Cada época aborda la humanidad, la ortopedia y la ergonomía desde sus diferentes posibilidades y necesidades, proclamando siempre el fin de una menra de pensar el cuerpo para que se inicie otra nueva. Entonces, la anatomía parece reconstruirse históricamente con cada cambio que la tecnología despliega. La tecnología pareceria ser la que caduca en cada momento pero, en realidad, prepara al cuerpo para una obselescencia paulatina, para un despago de los sentidos y para nuevas formas de percibir el mundo.

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Las prótesis que reúne y conserva el artista revelan una tremenda contradicción, y es que el objeto hace referencia al afán de la medicina por prolongar la vida, por remplazar una parte del cuerpo humano y convertirlo en máquina para hacerlo más duradero, impercedero y estético. Pero su presencia aquí como antigüedad, como objeto exhibido en una vitrina, muestra su propio fracaso. Un inventario de prótesis personalizadas es, de alguna manera, un inventario de cadáveres. La tecnología queda reducida a la angusta humana por perdurar, y del cuerpo solo quedan los aparatos orto´pedicos como una vanitas revelando la impotencia de corregir un cuerpo que al final se corrompe.

Por eso la obra de Casteñeda, al hablar de la vida, en realidad se refiere a la muerte. Frente a su atelier, y puesta su obra ante nuestros ojos como objetos de contemplación, su trabajo se manifiesta como la conciencia del paso inexorable del tiempo y de la concepción del cuerpo en el ciclo de la vida de cada generación.

Texto: CHRISTIAN PADILLA
Fotografía: ALEX JOHN BECK