Hacia el abismo

Un ensayo visual sobre el trabajo de José Pedro Godoy

Es más o menos así: dos jóvenes desnudos se miden el tamaño de las manos y se quedan absortos en su similitud. Sus pies están hundidos en una materia indefinida, opaca y rosada. Un hombre flota suspendido en agua del mismo color, apenas se distingue el borde que separa la porción sumergida de su cuerpo de la que se encuentra sobre la superficie. Ese límite se nos presenta como un destello de realidad cambiante. La sombra del brazo de un muchacho que nos mira de escorzo se proyecta formando un triángulo sobre su torso y nos mantiene a punto de contemplar su figura completa.
En las pinturas de José Pedro Godoy está representado el vértigo de la proximidad entre un cuerpo y otro. Entre el aquí y el allá. Vemos orillas, filos, bordes. Como espectadores, nos sentimos desafiados y provocados. Sus óleos son la puesta en escena de la idea de límite.

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Su trabajo explora, a través del deseo, la frontera como espacio propio de la seducción. Observar una de sus pinturas es asomarnos a un abismo. Ese que separa un lienzo del espectador pero, también, lo posible de lo imposible. Una realidad de otra. Vemos manos aferradas a una entrepierna, cuerpos presionados por el peso de otros cuerpos, dos lenguas encontrándose. Vemos los pétalos de una rosa y entendemos que su contorno es también la representación de un conflicto vital, que ahí está contenido el erotismo con toda su potencia destructiva.

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Deseamos acercarnos a estos óleos y grafitos sobre tela y papel porque queremos verlos de cerca, estar encima de los cuerpos que ahí aparecen, olerlos, anular la distancia que nos separa de ellos, tocarlos. Queremos entender qué convoca a estos cuerpos a los inquietantes paisajes donde José Pedro los sitúa.

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Queremos descfirar su mundo privado, experimentar el silencio en el que están sumidos o al que están sometidos. Y, hechizados por la promesa de la intimidad - que existe solo entre el espacio que dejan entre sí los amantes-, nos lanzamos al precipicio.

Texto: JUAN JOSÉ RICHARDS
Fotografía: OMAR VAN DE WYNGARD