El origen de todo

Cuatrocientos rollos de película, veinte lentes, y cuatro mulas para retratas a los koguis

Uno podría decir que Simon Chaput estaba destinado a seguir los pasos que lo convertirían en un gran fotógrafo. A los 8 años recibió su primera cámara (una Kodak Brownie); a los 12 montó su propio estudio de revelado en casa; a los 15 devoraba todas las publicaciones que existían sobre el tema;  y algún tiempo después, tras graduarse en la escuela, hizo las maletas rumbo a París para licenciarse en artes visuales.
Pero no fue así. Por recomendación de su padre -un profesor con amplia experiencia en la academa-, no asistió a la universidad que tanto había anhelado. En lugar de eso, emuló a su tío y se matriculó en veterinaria (otra de sus pasiones). A pesar de haber cambiado un amor por otro, este oriundo de Parthenay tuvo que abandonar sus estudios para hacer el servicio militar obligatorio francés.
Cuando terminó, encontró un trabajo en el archivo de la Biblioteca Nacional de Francia, en París. De ahí entró en contacto con una marquería local, encargada de adornar los cuadros del Louvre. Este renovado acercamiento a la cultura lo impulsó a abrir su primera galería en su ciudad natal; durante siete años, Chaput entretuvo a diez mil moradores parthenaissiens con exhibiciones de grandes maeastros como Calder y Miró.

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Por cuestiones del azar o de la fortuna, uno de sus artistas le habló del emergente panorama artístico de Nueva York. Sin más, se embarcó hacia las Américas buscando un lugar para exhibir sus obras. Tras mucho escrudiñar y poco encontrar, optó por alquilar su propio espacio y cancelar el billete de regreso a Francia. Ahí comenzaba una nueva etapa de su vida que, sin saberlo, lo reconectaría con la fotografía. Durante los treinta y tres años que Chaput vivió en Nueva York, tuvo la oportunidad de hacer amisad con Christo y Jeanne-Claude, Warhol, Rauscbenberg y toda la escena que hizo vibrar a la ciudad desde los años 70 hasta los 2000.

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De todas sus conexiones, hubo una muy especial: Isamu Noguchi. Su relación con el japonés lo llevó a visitar los observatorios de Jantar Mantar en la India - un lugar que había inspirado las obras de piedra del diseñador nipón -, un espacio que revivió su pasión por la luz y las sombras que terminaron plasmadas, tras años en reposo, en sus celuloides desempolvados.

Tras conquistar Asia, regresó a Nueva York, muy optimista por haber revivido su idilio con las cámaras y los objetivos. En 1995 conoció a Alan Ereira, un documentalista de la BBC que estaba rodando una película sobre los koguis, una tribu indígena que, durante siglos, habitó las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia) desconectada de la sociedad, hasta que fueron descubiertos en 1972.

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Animado por esta historia, convenció a Ereira para que lo dejara sumarse a su proyecto. La expedición duraría, como mínimo, tres meses, además de las visitas previas para presentarse ante los líderes koguis para buscar su aprobación y el permiso para fotografiarlos. Finalmente en 1999, la cruzada se puso en marcha. Cargado con cuatrocientos rollos de película, veinte lentes, cuatro cámaras diferentes y varias maletas llenas de equipos y accesorios, Chaput caminó con cuatro mulas por las empinadas estepas del Caribe colombiano, visitando diez bucólicos pueblos durante su viaje.

Rodeado de una espesa vegetación, lejos de la civilización occidental y de las costumbres familiares, estaba listo para fotografiar todos los acontecimientos que captaran sus ojos. No fue tan fácil. Aunque Chaput había sido previamente aceptado por la comunidad, pasaron dieciste días antes de que los mamos (líderes koguis) les permitieran hacerlo, restringiéndole el acceso a algunas ceremonias y rituales cotidianos.

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El resultado fue esta fascinante colección de fotografías - nunca antes publicadas en serie - que ofrece al lector una mirada íntima a los hábitos de una cultura inmaculada y emancipada del mundo exterior. A través de sus imágenes, Chaput logra captar la intimidad e inociencia de una comunidad que depende de la tierra, epítome del equilibrio divino entre hombre y naturaleza.

Texto: SANTIAGO RODRIGUEZ TARDITI
Fotografía: SIMON CHAPUT