La opulencia y el discurso

¿Quién le iba a decir a la escritora Virginia Woolf que su personaje Orlando acabaría inspirando un nuevo canon en la vestimenta masculina de España? El pasado septiembre, un joven creador de 23 años llamado Alejandro Gómez Palomo fue el encargado de la tarea cuando, durante la semana de la moda madrileña, se decidió a sacudir algunos pilares hastiados en nuestro país. Como en la obra de 1928, dedicada a la amiga de Woolf, Vita Sackville-West, este cordobés reimaginaba el despertar de un joven apuesto que, tras haber recorrido cinco siglos de historia en la ficción y caer en un sueño que duró siete días, amanece con el sexo mudado en mujer. En la novela, son los espíritus de Nuestras Señoras de la Pureza, la Castidad y la Modestia los encargados de obrar el milagro; pero, en el caso de Palomo, los aliados de la fórmula eran otros. Batas de seda con estampados y plumas de marabú, refinados cuellos halter o abrigos de corte victoriano que desplegaban una opulencia afeminada y descarada, ya iniciada por Alessandro Michele o Jonathan Anderson. El debate estaba servido: después de todo, ¿puede un hombre ataviarse con volantes y estampados sin perder su virilidad más arraigada? 

Mal que le pese a la historia española, el debate no es tan nuevo y, desde luego, no ha estado siempre ligado a sus libertades. El 15 de noviembre de 1723, con el siglo de oro ya marchito, el rey Felipe V prohibía con una ley el uso de tejidos lujosos como la seda bordada en oro, el encaje o ciertas pasamanerías al pueblo llano. Y, así, mientras la corte borbónica jugaba a añadir puños de encaje y casacas a sus trajes con faldón, la clase humilde limitaba a lana y paño sus opciones. Pero el ingenio del contraataque, con epi- centro en Madrid y plasmado por el pincel de Goya, no se hizo esperar: bautizado como «majismo», el desprecio de la clase popular hacia la moda afran- cesada que tanto fascinaba a la aristocracia hizo que, en cuestión de meses, naciera en la capital un estilo castizo y gallardo alejado del clasicismo procedente de París. El traje de majo, de chaqueta verde, casaca corta y entallada, con cuello de tirilla y una pequeña solapa en pico, cambiaba el encaje por costuras deco- radas con cordoncillos metálicos, y sus mangas, estrechas y alargadas, se decoraban con cintas en gros de Nápoles de diferentes colores. ¿Quién había dicho que el exceso solo era cuestión de riqueza? 

Para cuando España se había repuesto de la insurrección popular, llegó la dichosa funcionalidad. La uniformidad del traje masculino entre finales del siglo XIX y la primera parte del siglo XX solo se puede compensar con un nombre, el de Salvador Dalí. El genio surrealista se enamoró de la moda desde que lo hiciera con el arte, pero no solo sus reuniones con Gabrielle Chanel o Christian Dior y las creaciones que lo unieron a Elsa Schiaparelli fueron frutos de aquel idilio. Este se tradujo en un atuendo contra los tópicos lleno de caprichos y detalles opulentos, como sus célebres camisolas de batista, por las que la modista María Soto cobraba 104 pesetas. O las únicas camisas que el creador de Figueras admitía llevar: con apertura trasera, 33 ojales y 33 botones de color blanco, siempre aupadas por su afilado bigote y un leal bastón negro con mango de plata de ley. 

España lleva siglos considerando la opulencia sartorial como un mero signo de riqueza, pero el caso de Dalí no sería en vano. Etapas como la Movida– con Manuel Piña o Antonio Alvarado a la cabeza, con perdón de las modistas de McNamara y Almodóvar– o la edad dorada de la extinta Cibeles también cambiaron polvo por brillo, donde Francis Montesinos adornaba por igual el cuerpo del modelo Darek Dabrosky que el de Helena Barquilla. Pero lejos de todas ellas, con merecida mención aparte, está la cultura taurina: ¿dónde, si no, el culmen del estilo pasa por vestir a un hombre engalanado con lentejuelas, montera, capote fucsia y coleta? La respuesta, después de todo, siempre la tuvo el pueblo. 

Texto: MARIO XIMÉNEZ
Ilustración: CARLA FUENTES