Flora y Fauna

Ensayando el final con David Ortega 

¿Valdría la pena saber cómo es la naturaleza cuando nadie la ve? Apenas te marchas, todos los primeros planos, ahora innecesarios, se escabullen a lo lejos. Los árboles, las hojas, las piedras y el suelo, antes separados, ahora son una misma cosa. Casi puedes escuchar la respiración profunda en tu despertar, generada por las sombras que cambian de figura, los interiores voltéandose en sus exteriores, los colores claros derritiéndose en sombras profundas, en los colores si- lenciosos e incoloros de la Tierra. Estas múltiples formas, cuando están a salvo de las miradas de la gente, son verdaderamente libres. Son, a la vez, increíblemente inmensas e inconmensurablemente pequeñas. Las superficies se vuelven profundas; lo sólido se disuelve en líneas flotantes, ligeras. A tales extremos, la vasta complejidad de la naturaleza se desentraña: es un embrollo cósmico. Pero tú no lo puedes ver. Tú también eres parte del embrollo. ¿Cómo podrías entenderlo? Intenta inhalarlo y escucha la respiración mientras se adentra en ti. Cuando la frecuencia de tu respiración converja con la frecuencia de los sonidos de tu respiración, entonces podrás decir que estás listo para observar, de verdad, lo que está a tu alrededor. Las escenas que surgen ya no son visiones, sino imágenes con pensamientos, huellas de energía bien definidas de las corrientes que entran y salen de la mente y el mundo. Estos son los contornos ocultos de la naturaleza: demasiado majestuosos para expresarlos con palabras, pero demasiado próximos para resistirse a describirlos. A esto me refiero cuando digo que todas las imágenes que aquí se muestran se pintaron a partir de la vida. 

Retrato.png

Palmeras que brotan, frutas inmóviles, perros soñando, plantas que crecen al comienzo de un nuevo año. David Ortega ha creado estas imágenes en un lugar generalmente reservado para el material inerte, tejiendo un espacio para sus reflexiones que semeja, en cierta manera, un limbo entre lo estático y lo frenético. Sus temas se valen por sí mismos. Black Palm y sus estudios traducen distintas etapas de la transfiguración en algo poderoso y libremente móvil, casi violento. Shunga y You Must Believe in Spring se conectan para liberar esa energía jazzística en potencia, que fluye de ida y vuelta, con urgencia, tanto en alcance como en peso, y desemboca en toda esa belleza que la flora y fauna prometen. 

Captura de pantalla 2017-08-29 a las 2.25.24 p.m..png
Captura de pantalla 2017-08-29 a las 2.25.42 p.m..png
Captura de pantalla 2017-08-29 a las 2.25.48 p.m..png

En la obra de Ortega, lo abstracto y lo realista conviven en armonía. Sus piezas siempre contienen más de un tema principal, y resulta revelador que estas visiones aisladas puedan narrar las etapas de una progresión, como un carrusel que gira con delicadeza. No se trata de una naturaleza muerta, alejada de los temas humanos; estas secuencias nunca se quedan quietas y, a pesar de haber nacido del vasto bagaje estético de Ortega, cada una parece haber llegado por su cuenta de algún lado distinto. 

Él ha pasado décadas de su vida artística creando secuencias que juegan con la noción de lo estático (con acción e intención), algo que aquí se muestra plenamente. A través de sus líneas, colores y temas, con el espacio necesario para dejarlos respirar, sus obras tienen libertad y licencia para hablar por sí mismas. Lo único que tenemos que hacer es escuchar. 

Captura de pantalla 2017-08-29 a las 2.26.23 p.m..png
Captura de pantalla 2017-08-29 a las 2.26.31 p.m..png
Captura de pantalla 2017-08-29 a las 2.27.02 p.m..png
Captura de pantalla 2017-08-29 a las 2.26.58 p.m..png

David Ortega nació en 1962. Vive y trabaja en Nueva York. 

Introducción de STEPHEN SPROTT
Texto de DANTE AARON GRAVES
Fotografía: LUCA PIZZARONI