2+2 es más que 4

Entrevista con Francisco Celhay 

Francisco Celhay nos recibe una tibia mañana de diciembre en su apartamento en Providencia, Santiago de Chile, donde escribe y ensaya gran parte de sus personajes. Descalzo, con una camiseta blanca y shorts bermellón desteñidos, nos hace pasar a su oficina mientras llena la cafetera en la cocina aledaña. Esperamos juntos a que se haga el café y poco a poco nos familiarizamos con el personaje en cuestión. Apoyado en el lavaplatos a contraluz, entre vistazos a la cafetera deja entrever su perfil romano, enfatizado por rebeldes rizos trigueños y movimientos decididos. «¿Black o con azúcar?», nos pregunta, volviendo a la oficina. Hay algo en su cinestesia que es decididamente romano. Unos laureles, una toga y ya: estamos frente a un Julio César chileno. 
Además de en innumerables obras de teatro, ha participado en cinco películas. La más reciente, dirigida por Camila Langlois, se titula Elena sin H. Sus films más exportados han sido La noche de enfrente, dirigida por Raúl Ruiz, y la controvertida En la gama de los grises, dirigida por Claudio Marcone, cuya temática LGBT, además de recibir numerosos galardones internacionales, coincidió con la aprobación del Acuerdo de Unión Civil en Chile, uno de los países más conservadores del mundo en materia de igualdad de género. 

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Pasamos de Francisco a Pancho sin que se nos invite, pero es que la familiaridad del personaje permite fácilmente entrar en confianza. «Estudié dos carreras: ingeniería civil y actuación. No al mismo tiempo, sino consecutivamente», confiesa, entre sorbos de café. «Vengo de una familia absolutamente matemática, por lo que, recién salido del colegio, ingeniería era la decisión más lógica, no porque me hubiesen obligado, sino porque, efectivamente, tengo dedos pa’l piano, como dicen en Chile. En el colegio, los profesores me hacían encontrar los errores de los libros de cátedra, era tutor de los alumnos mayores, etcétera». 

¿Fue un desafío decidir volver a la universidad para estudiar actuación? 
Esa pregunta tiene dos partes. Volver a la universidad, a los 28 años, es desafiante. Lo cierto, sin embargo, es que tenía muy claro que lo quería hacer, por lo que no fue muy difícil tomar la decisión. Actuar, por otra parte, es tanto o más desafiante que la ingeniería, aunque, según mi experiencia, es bueno estudiar teatro con ciertos aspectos personales más resueltos. 
¿Cómo es el encuentro ingenieril-teatral?
Absolutamente fértil. Lo cierto es que estamos en la posmodernidad de lo híbrido, donde las disciplinas se nutren unas de otras originando nuevas subdisciplinas. En el estuario de ambas identidades es donde encontré mis fortalezas. La matemática es sumamente propicia para crear, en todos los sentidos. Para escribir, por ejemplo, utilizo mucho este orden mental que heredé de la ingeniería, tanto para generar un orden mental como para resolver problemas de manera creativa. De mis apuntes de escritura, te diría que la mitad son ecuaciones. Al mismo tiempo, la ingeniería tiene un lado absoluto que el teatro no tiene, y eso es difícil de entender cuando se tiene formación matemática. En ingeniería, 2+2 son 4; pero, en teatro, 2+2 es más que 4, porque incluye intangibilidad y metafísica, que no son de comprobación tácita. 
Se habla mucho de una «nueva generación» en el teatro chileno. ¿Te sientes parte de ella? 
Absolutamente. Los nuevos actores están constantemente rompiendo paradigmas, sobre todo en lo referente a nuevos códigos y lenguajes teatrales, catalizados en gran parte por nuevos directores como Cristián Plana, Manuela Infante o Guillermo Calderón. Hay toda una generación previa de maestros antiguos con quienes la academia fue tajantemente formativa en lo social y lo político, y hoy empieza a haber un nuevo acercamiento a temáticas actuales. No es que lo mejor esté por venir, pero lo que sí puedo asegurarte es que el teatro y el cine chilenos vienen con mucha fuerza. 

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-RICHARD SHARMAN
Fotografía: JOSÉ MORAGA