Arquitectura de archivo

Estanterías, documentos y memorias de Pedro Ramírez Vázquez a cuatro años de su muerte

 Un problema de la memoria es que se cimenta sobre la base de reconstrucciones involuntarias. Una nota al pie, una fotografía gastada, un sofá deslucido, un olor esquivo… Cualquier cosa es suficiente para fabricar recuerdos e imágenes y derribarlos de golpe. Los archivos procuran que la reconstrucción de la memoria sea más ordenada, sistemática, permanente. El trabajo de archivo —reunir, recuperar, ordenar, estudiar, conservar— es labor ardua, por lo general menospreciada, marginal. En el archivo, conservar la memoria se traduce en una batalla constante contra las humedades y el polvo, contra el extravío y la destrucción, la indiferencia y el olvido. En arquitectura, el archivo es extensión natural de una práctica obsesiva que espera dirigir destinos y moldear la realidad. El hábito archivístico le viene casi natural al arquitecto: a lo largo de la vida de un proyecto, hace falta guardar carpetas con versiones y controles, ajustes de presupuesto, hojas de encargo. Más aún, al igual que el archivar, la arquitectura es, en el fondo, ambición de permanencia. Construir es querer trascender, legar. Y también en papel se construye: se proyectan cálculos y representaciones, intenciones, anhelos, utopías, manifiestos. En arquitectura el archivo es inseparable de la obra, una herramienta indispensable para ubicar y leer un proyecto, para entenderlo.

 El archivo personal de Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013) debe ser uno de los más completos, voluminosos, diversos, contradictorios, multifacéticos y fascinantes archivos de arquitectura que existen en México. Ramírez Vázquez fue uno de los arquitectos mexicanos más influyentes y reconocidos del siglo xx, una figura titánica que encarnó las ambiciones desarrollistas del país en sus años de modernización forzada, bonanza económica, explosión demográfica,apertura comercial, crisis sociocultural y autoritarismo político. Conocido sobre todo por sus obras monumentales (como el Museo Nacional de Antropología, el Estadio Azteca y la Basílica de Guadalupe), así como por sus vínculos estrechos con el poder político y el régimen del Partido Revolucionario Institucional (que gobernó México durante más de 70 años), Ramírez Vázquez fue una figura mucho más compleja y polifacética de lo que generalmente se cree, al haber entendido como pocos en su época el diseño como un campo de acción integral y variopinto. Su archivo es muestra tangible de ello.Reunido a lo largo de más de seis décadas, el archivo de Ramírez Vázquez fue ocupando habitación por habitación de la casa de Avenida las Fuentes 170 en la colonia Jardines del Pedregal, al sur de la Ciudad de México, donde Luis Barragán y sus allegados construyeron soberbias residencias modernistas en medio de jardines volcánicos. La casa primero fue despacho (su oficina, encabezada ahora por su hijo, Javier Ramírez Campuzano, sigue activa ahí mismo), pero ahora el archivo la domina. 
 

 El lugar de Pedro Ramírez Vázquez es un laberinto, conformado desde luego por cientos de dibujos, planos, croquis y maquetas de múltiples obras construidas y numerosos proyectos no realizados. Pero hay más. Las paredes, puertas y ventanas están cubiertas con carteles, retratos, pinturas, logotipos y planos explotados. Los pasillos funcionan como repisas donde se exhiben cientos de figurines y es culturas en plata o vidrio —algunos con reminiscencias aztecas o totémicas, otros con abstracciones geométricas, otros más con ídolos populares comoMichael Jackson o María Félix—. Hay reproducciones de los diseños para la Universidad Autónoma Metropolitana y varios pabellones de México en ferias mundiales y trienales de diseño. La colección de parafernalia de las Olimpiadas de 1968 y los documentos del Comité Olímpico Mexicano ocupan varios cuartos (Ramírez Vázquez fungió como presidente de éste y del Comité Organizador de los Juegos). Docenas de estanterías resguardan memorias olímpicas, manuales de operación, registros de las sesiones del comité, programas deportivos y de la Olimpiada Cultural en todas las lenguas, carteles, boletos para los eventos, fotografías y recortes. Se guardan los divertidos globos que funcionaban como señalética pop-up , una antorcha olímpica, los uniformes y las fichas completas de los cientos de edecanes (detallando nombre completo, estatura, idiomas y presentación: excelente, buena, regular…) que participaron en el evento Ephemera, con la identidad visual —exquisita— para la campaña presidencial de José López Portillo: panfletos, banderines, mascadas, camisetas para bebés. Una maqueta tipo Playmobil del traslado del monolito de 167 toneladas del Tláloc de San Miguel Coatlinchán al Museo Nacional de Antropología. Un árbol de la vida en barro negro, regalo de los artesanos de Metepec, donde se enmarañan los proyectos más emblemáticos del arquitecto. En los jardines, un puñado de pavos reales deambula entre las bancas del Paseo Tollocan, un prototipo de semáforo, un modelo de la fachada del Palacio Legislativo de San Lázaro —edificio de la cámara baja del Congreso—y los restos de un Judas boxeador olímpico en fibra de vidrio. 
 

 En el archivo, cada rincón está colmado de pistas e intenciones. Algunas confirman la típica visión del hombre mito, el Arquitecto de Estado, el cliché del constructor todopoderoso. Pero el archivo igualmente revela una incontinencia creativa: un cúmulo de ideas en proceso, cuestionadas, desechadas. Por eso también desdibuja al superarquitecto, develando otros pasatiempos, otras sensibilidades, lecturas, amistades y colaboraciones, mensajes personales, dudas y memorias. Además, el archivo rebasa al personaje: es un testimonio de toda una época, concentrada en una vida y una obra que, con todos sus aciertos y contradicciones, y prescindiendo de cualquier juicio de valor, son excepcionales. ¿Cómo se ordena y se lee un archivo de arquitecto? Por fechas o escalas de proyecto, por periodos formales o de exploración estilística, por orden de colaboradores, por versiones de un proyecto, por las relaciones con otros arquitectos, por paleta de colores, por técnica o formato de representación… Lo cierto es que ningún archivo es una cronología. Un archivo nunca ofrece lecturas únicas, directas, lógicas, bien estructuradas, obvias. Cuando además de documentos se combinan bocetos, maquetas, prototipos, objetos de colección, recortes, cartas, etcétera, la lectura se vuelve inacabable, permanentemente reorganizable, cuestionable. ¿Cuál es el método adecuado para empezar a sondear un archivo de arquitectura? Quizá curiosear, encajar poco a poco las piezas, ir al azar hasta comenzar a atar cabos, a descubrir vínculos que nos llevan por otros caminos, siguiendo el eco de pisadas en la memoria. Como afirma Jorge Blasco: ¿Cuál es la grandeza de un archivo totalmente desordenado? La posibilidad de que ítems que nunca fueron pensados para visualizarse juntos aparezcan en grupos de sentido. ¿Cuál es la petición que se hace a cualquiera que gestione un archivo profesional? Que lo haga bien, que los documentos sean fácilmente recuperables, pero también que sus herramientas “objetivas” y estandarizadas no impidan encuentros ni desencuentros; que sus herramientas no oculten los múltiples enunciados de un archivo y que crezcan de manera dinámica y diferente, paralela quizá a la necesaria objetividad. 

¿Para qué conservar un archivo de arquitectura? En México, a pesar de lo mucho que supuestamente nos enorgullece nuestro pasado, el patrimonio material y construido, sobre todo el moderno, está permanentemente en riesgo. Cuando consideramos el patrimonio intangible o efímero —como los archivos—, del que muchas veces depende la reconstrucción y activación de la memoria histórica, la situación es todavía más penosa. Archivos como el de Pedro Ramírez Vázquez no sólo deberían conservarse, sino estar en uso constante, consultarse, recorrer aulas y distintas facultades en el país; exponerse en galerías; ser objeto de investigaciones, debates y materia prima para todo tipo de exploraciones creativas; digitalizarse, intervenirse, reconocerse como valor cultural fundamental; mantener sus colecciones abiertas y accesibles para elpúblico especialista y el profano. Transformarse en archivos vivos. ¿Para qué archivar? Para reconstruir siempre que haga falta la memoria.

Texto de MARIO BALLESTEROS
Fotografía de EUNICE ADORNO