Orgánico y revolucionario

La arquitectura de tiempo como aliado 

Existe una famosa fotografía en blanco y negro del gran Alberto Korda en la que, más allá del puro entretenimiento deportivo, la leyenda cuenta que Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, vestidos con su uniforme militar, escenifican una parodia de las costumbres golfistas del general Eisenhower, allá por 1961, en el Country Club de La Habana.

Nadie se podía imaginar la trascendencia de los acontecimientos que se iban a desencadenar tras el rápido chasquido del obturador de la cámara fotográfica de Korda. Aquel campo de golf, símbolo de los privilegios de la antigua burguesía criolla, se iba a convertir, por orden del Comandante, en uno de los centros educativos y culturales más importantes del momento. Así nació el ENA (Escuelas Nacionales de Arte), un conjunto de cinco facultades para la enseñanza del teatro, el ballet, la música, las artes plásticas y la danza moderna. Así nació también el vínculo arquitectónico de Garatti con Cuba. Vittorio Garatti, arquitecto italiano nacido en Milán en 1927, desarrolla sus habilidades perceptivas rodeado del universo curvo de Borromini y del organicismo moderno de Alvar Aalto. Termina su tesis en Italia y decide viajar a Etiopía, siguiendo los pasos de su padre, y después a Venezuela. Trabaja en el estudio de Carlos Raúl Villanueva, junto con Ricardo Porro y en colaboración con Sergio Baroni.

El mundo se conmociona en 1959. Triunfa la Revolución cubana. Surge la iniciativa de viajar a Cuba por parte de los tres arquitectos, con el fin de impartir clases en la Facultad de Arquitectura de La Habana. Durante esta nueva aventura, Porro es seleccionado como coordinador general de la construcción de un nuevo proyecto de escuelas de arte, en las instalaciones del conocido Country Club de La Habana. El ENA se convertirá en una ambiciosa propuesta, destinada a potenciar las artes plásticas y escénicas de las nuevas generaciones revolucionarias. Una nueva era llena de energía creadora dentro de un escenario con altísimas pretensiones culturales y sociales. Ricardo Porro le encarga a Roberto Gottardi el edificio de Artes Dramáticas; a Iván Espín, la Facultad de Música. Él mismo diseñará el de Danza Moderna y Artes Plásticas; y, finalmente, la Escuela de Ballet Clásico a Vittorio Garatti. Las obras se inician en 1961 y finalizarán en 1965. Hoy en día, siguen en uso la mayor parte de los edificios, excepto el de Garatti, que nunca llegó a desarrollar plenamente su función inicial, siendo durante unos años la Escuela de Circo. Oí hablar de este proyecto no hace mucho, gracias a la recomendación de una buena amiga. De esas recomendaciones y de esas amigas que nunca fallan. Como todo en Cuba, cualquier propósito está lejos de lo inmediato y de lo organizado. Más bien, la sorpresa y el asombro aparecen siempre tras la incertidumbre de lo desconocido. La visita comienza tras cruzar el control del recinto.

El propio edificio del Country Club, hoy convertido en el Conservatorio de Música, introduce al visitante. Recorremos nuestro camino a través de amplios vestíbulos de terrazo brillante. Enormes cristaleras recortan las suaves laderas verdes de los campos de golf.

Delgados troncos de palmeras atraviesan esta visión. Una arquitectura parada en el tiempo. Antiguo escenario de la alta sociedad cubana ahora inundado por el eco cruzado de los instrumentos del conservatorio. El recorrido continúa en el exterior. La naturaleza es espectacular y exuberante. El paisajista intenta ejercer cierto control, pero el trópico se impone claramente. Garatti entendió de raíz la sensualidad y el organicismo presentes en los terrenos dispuestos para su proyecto. Muy pocas veces el entorno donde desarrollar arquitectura se ha esculpido con intenciones paisajísticas tan sutiles. En la mayoría de los casos sucede lo contrario: es la arquitectura la que se pliega a una topografía desnuda y bruta, para acabar integrando un proyecto y un paisajismo final.Por lo tanto, entender el paisaje es entender el proyecto de la Escuela de Danza de Vittorio Garatti.La primera visión lejana de las cúpulas es tan imponente y monumental que se convierten directamente en montañas de fondo. Paisaje lejano que se descubre desde una cota superior. La aproximación continúa bajo un sol aplastante y poco a poco el espectador va entrando en escala y, sobre todo, toma conciencia de lo que tiene delante. 

No hay referente posible. Quizás, San Marcos en Venecia; quizás, villa Adriana; quizás, Caracalla; quizás... ¡Creo que no! Mi cerebro intenta hacer un rapidísimo escaneo de todo mi registro de los últimos 44 años de vida. Como siempre hace, intenta clasificar y relacionar esta nueva experiencia visual con algo ya vivido y registrado anteriormente. De esta manera, busca economizar recursos, energía, y a la vez, no romper su zona de confort perceptivo. Pero las alarmas no dejan de emitir señales. Me temo que vamos a tener que registrar algo nuevo, piensa para sí mismo. ¿Un cerebro que piensa dos veces? Por lo tanto, todo el sistema perceptivo sensorial se dispara. Como si de un excitadísimo grupo de paparazzi en plena alfombra roja se tratase, comienza el escaneo exhaustivo de todo este colosal edificio.

En planta, me recuerda a un conjunto de conchas de mar. Seis enormes cúpulas de ladrillo se reparten por el terreno enlazadas por pasillos serpenteantes, cubiertos por cáscaras semiesféricas. Todo el sistema constructivo es sorprendente. Delgadas láminas cerámicas para conformar las cúpulas y casquetes mediante el sistema de bóveda catalana. Ladrillos de aparejo simple que conforman maravillosos detalles en los muros que limitan los espacios.La economía de recursos agudiza el ingenio y este es un claro ejemplo de genialidad. La delgadez de las cúpulas, su tamaño gigantesco, los cortes que filtran la luz entre los casquetes. Aparentemente, no hay ángulos rectos en el proyecto. Todo fluye y resbala; la luz, el sonido, las sombras, el aire caliente, la humedad en los muros de ladrillo.

El estado de abandono en el que se encuentra todo el recinto no hace más que amplificar todas las sensaciones. Claramente, Piranesi le hubiese dedicado un libro entero a esta ruina. Alguien grita mi nombre y me despierta de este viaje lisérgico. «Te has vuelto a perder»… ¡Corre! ¡El taxi nos espera!

Texto de JOAQUÍN VAQUERO IBAÑEZ