Lady Devotion

Los siete velos de Catherine Baba

Hoy todo el mundo quiere ser especial, como si el ser humano en sí mismo no fuera ya lo suficientemente complejo. Los miles de blogs, canales de YouTube o influencers anuncian, con un cartel más grande que los de un musical, el acontecimiento irrepetible de su personalidad. Naturalmente fracasan, porque están más pendientes de lo que se piense de ellos −aunque se empeñen en convencernos de lo contrario− que de una búsqueda que conduzca al camino de la distinción. De todas formas, que yo sepa, para esto no hay ningún método. 

Por eso, cuando Catherine Baba apareció en las primeras fotos de street style nos pilló desprevenidos. Creemos reconocer en ella a muchas mujeres que, a lo largo de la historia, han marcado la condición femenina como maldita. Reivindicarlo era aún más complicado cuando, en aquel momento, San Nicolas Ghesquière desproveía al look de cualquier bohemia posible. Hoy en día, acostumbrados a la lubricidad de las redes sociales, donde la mayor pirueta mortal consiste en plantarse unas gafas oversize, es difícil encontrar a alguien que todavía practique la gramática del estilo con la soltura de una musa de Yves Saint Laurent. La danza de los siete velos de Catherine Baba señala momentos en los que la moda era menos puritana, más trascendente. Y es que, como se indica al principio, ella encarna a un abanico de arquetipos de mujer que han nutrido nuestro inconsciente colectivo. Desde Perséfone hasta Morticia Addams, pasando por Salomé o Lucrecia Borgia.

 

Los diferentes conceptos que hoy se acuñan para describir el estilo están en crisis. Conviven muchos, como random o el cambiante cool, y malviven otros como la palabra glamour, completamente adoptada sin visión porque, sencillamente, es anacrónica. Esa aura de elegancia y extravagancia exquisita de las estrellas de cine, arropadas por cámaras mastodónticas con las que ya ni se trabaja, es imposible de aplicar a la naturalidad con la que Kim Kardashian lleva diamantes mientras se toma un Calipo. O el concepto «chic parisino», que abochorna, demasiado elegante y de género para un tiempo convulso e, incluso, nihilista. 

A pesar de este cambiante panorama en crisis, la figura de Catherine Baba se mantiene inalterable. Como una aparición fantasmagórica, te ancla directamente en los primeros años del siglo XX y te hace perder, por un momento, la referencia temporal. Porque, como ella bien me dice: «Catherine Baba siempre ha existido. Su metamorfosis es constante y eterna. Alzó el vuelo en París. El telón por fin cayó». No me digan que no tiene mérito.

Texto: PEDRO CANICOBA
Fotografía: ALI MAHDAVI