El penacho

Opulencia del pasado, rareza del presente

Cuando, en 1519, los conquistadores españoles liderados por Hernán Cortés entraron en la capital azteca de Tenochtitlán, se vieron sorprendidos por la ostentación de riqueza y lujo en la corte de Moctezuma Xocoyotzin. Aunque les interesaba principalmente el oro (que, para los aztecas, era menos valioso que el jade), los conquistadores supieron apreciar el esplendor de los ornamentos hechos con plumas de aves tropicales que usaba la nobleza. Los fabricaban unos artesanos especializados (los amantecas) en los talleres del palacio y en la casa del tesoro de Moctezuma, pero también se vendían versiones menos elaboradas en el mercado de la ciudad.

Cortés le envió a Carlos V un primer cargamento de estas espectaculares piezas junto con los regalos que le había entregado Moctezuma, y fueron muy elogiadas por Alberto Durero cuando se expusieron en Bruselas en 1520. En los años que siguieron, cientos de escudos de plumas, mantas, penachos y otros adornos viajaron de México a España, y se distribuyeron rápidamente por toda Europa como maravillas de exótica candidez, idóneas para los gabinetes de curiosidades de príncipes y nobles, especialmente en Italia y Alemania. Durante el siglo XVI, el arte plumario continuó elaborándose en México a la manera tradicional, pero también se hicieron adaptaciones para la Iglesia católica, la clase alta colonial y los coleccionistas extranjeros. Entre estas nuevas piezas hubo, en particular, imágenes religiosas y mitras de obispo confeccionadas con la llamada técnica de mosaico que recibieron un amplio reconocimiento tanto por su calidad como por ejemplificar la exitosa conversión al cristianismo de los indígenas.

Con todo, las plumas son frágiles, por lo que fueron muy pocas las piezas de este arte plumario que lograron sobrevivir a los estragos de la época. Así ocurrió, sobre todo, con los ornamentos tradicionales, muchos de los cuales se destruyeron o fueron rechazados en España por considerarlos asociados con el paganismo y la idolatría; otros muchos fueron víctimas de los bichos y otras alimañas. Hoy solamente se conservan un penacho, cuatro escudos de plumas y un abanico, hechos al estilo precortesiano y traídos a Europa en el siglo XVI. A lo largo de los siglos XVII y XVIII fue disminuyendo la fascinación por el encuentro con el Nuevo Mundo, y también el interés por estas exóticas novedades. En la segunda mitad del siglo XIX se redescubrieron y apreciaron como documentos únicos de un mundo ya perdido.

Del penacho −encontrado boca abajo y mal doblado en un museo de Viena en 1878−, se supuso que había llegado a Austria como regalo de los Habsburgo españoles a sus parientes austriacos, y que debió de haber sido uno de los regalos que Moctezuma le entregó a Cortés en 1519. A pesar de que las fuentes de la época dejaban claro que no podía tratarse del «penacho de Moctezuma» –ni siquiera coincidía con la descripción del que había sido regalado−, sino solamente de cuatro disfraces de deidades que usaban los sacerdotes aztecas, identificarlo como tal resultaba demasiado tentador, por no decir irresistible. Pasaron cien años antes de que se descubriera que no había llegado a Austria gracias a los Habsburgo, sino que fue comprado, después de 1575, a un noble del sur de Alemania que lo había conservado como una de las «varias piezas moriscas de indumentaria plumaria» de su colección de curiosidades.

En 1878, tras más de tres siglos de abandono, la pieza se encontraba en tal estado que hubo que restaurarla; se sustituyeron algunas de las plumas dañadas y otros adornos de oro que le faltaban. Pero la cabeza de un pájaro de oro –que, según los registros, iba pegada al frente y que se perdió en algún momento después de 1730− no se pudo remplazar por falta de un molde similar. Además, al no disponer de otras piezas con las que poder comparar, la restauración se basó en una idea errónea de cómo debía colocarse en el cuerpo. Sin embargo, los resultados de esta intervención son ahora irreversibles; si se hiciera cualquier modificación, la pieza podría estropearse.

El penacho en el Weltmuseum de Viena.

El penacho en el Weltmuseum de Viena.

En un principio, en México, este descubrimiento recibió poca atención, y las publicaciones más tempranas se referían al penacho como una manta o capa plumaria. No fue hasta finales de los años treinta −cuando el gobierno de México quiso encontrar un símbolo de la identidad indígena del pueblo mexicano− que Abelardo L. Rodríguez, expresidente del país, encargó una reproducción a un artesano que, por casualidad, respondía al nombre de Francisco Moctezuma. La reproducción se hizo a partir de una fotografía y presentas varias diferencias con el original; pero, tras exponerse con pompa y boato en el Museo Nacional –y después en el Museo Nacional de Antropología−, la réplica del «penacho de Moctezuma» se convirtió en un mito nacional de incuestionable autenticidad.

Más allá de su uso y significado original, el penacho supone un documento único del legado artístico del México antiguo: la Mona Lisa mexicana, por llamarlo de alguna manera. Por lo tanto, resulta extraño que desde 1908 esta pieza tan impresionante y cargada de simbolismo no haya sido objeto de una rigurosa investigación. Fue en el 2010 cuando una colaboración entre el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México y el Museo de Etnología de Viena (hoy Weltmuseum Wien) reunió a un grupo de restauradores, antropólogos y ornitólogos austriacos y mexicanos para realizar un estudio técnico e histórico de dos años sobre este precioso objeto que, con justificada razón, debe considerarse parte del patrimonio cultural de México, Austria y el mundo.

Es, por supuesto, imposible resumir en tan pocos párrafos todos los hallazgos que ofrece el informe fruto de esa investigación −publicado en el año 2012 en español y alemán−. Para los propósitos de este texto, basta con describir algunas de sus características más importantes.
Quienes se enfrentan al penacho original por primera vez se suelen quedar impresionados por su enorme tamaño, que alcanza los 130 centímetros de alto y 178 de ancho. Después de su redescubrimiento, algunos expertos afirmaron que era demasiado grande para que alguien se lo pudiera poner en la cabeza y que, por lo tanto, no se trataba de un penacho, sino de una pieza para usar sobre la espalda. A pesar de su tamaño, es extremadamente liviano: pesa menos de un kilogramo.

Visto de frente, casi toda su superficie está cubierta por unas 459 plumas de las largas colas del quetzal macho (probablemente se perdieran más antes de 1878), un ave cuya distribución geográfica abarcaba, originalmente, desde la selva tropical del sur de México −donde hoy está extinta− hasta Panamá. Una de las características más llamativas de estas plumas es la forma en que cambia su color desde distintos ángulos, del verde esmeralda al azul. También hay
dos hileras inferiores de plumas de quetzal más cortas, algunas de las cuales tuvieron que cambiarse en 1878.

Las plumas azules que están alrededor de la frente y encima de ella son de cotinga azulejo y de charlador turquesa, una especie en peligro de extinción que vive en las selvas de Veracruz, Oaxaca y Chiapas. En 1878, el gran desgaste que habían sufrido estas plumas se reparó con otras de martín pescador, pues no se contaba con plumas de cotinga. También hay hileras de plumas rojas y marrones de espátula rosada y cuco ardilla. El hábitat de estos dos pájaros
se extiende por las costas de los océanos Atlántico y Pacífico, por lo que sus plumas no podían proceder del altiplano central de México, aunque pudieron haber llegado hasta allí a través del comercio o como un tributo de los pueblos conquistados en las tierras menos elevadas.

Adheridos a la parte frontal se hallan más de 1 500 ornamentos de distintas formas medialunas, discos, rectángulos y círculos), de los cuales, 373 se chapadas en 1878 por reproducciones de metal chapados en oro. Están colocados en filas con forma de torre.

Si bien algunas de las plumas azules están pegadas a un tipo de papel de la época, casi todas están cosidas, con fibra de agave, a una red reforzada con varillas de madera que conforma la base de la estructura del penacho. Las plumas se mantienen engarzadas unas a otras con cordeles de fibra de agave, cosidos alrededor de sus raquis. Se usaron más varillas para mantener erguida la parte central, dejando que las partes laterales cayeran de los hombros hacia la espalda.

Una de las partes más importantes de la pieza –y que en 1878 ya estaba muy dañada y en un pésimo estado de conservación− era una capucha de red unida a la espalda y que cubría hasta la frente, lo que, obviamente, decía algo sobre la forma en que debía colocarse. Las tres tiras de cuero, atadas al borde inferior de la capucha, servían tal vez para sujetarlo directa
o indirectamente a la cabeza. Lo más probable es que la capucha se usara sobre una máscara, parecida a un yelmo, que se unía al pico del pájaro de oro ahora perdido. Este adorno coincide con numerosas descripciones que encontramos en los manuscritos aztecas. Dos pequeñas varillas atadas a la estructura debajo de la capucha pudieron haber servido para  insertarse en el yelmo y estabilizar la postura del penacho sobre la cabeza.

En general, los detalles técnicos revelados por el estudio mexicano-austriaco coinciden, en buena medida, con la única descripción detallada de las obras de los amantecas, coleccionadas, alrededor de 1550, por fray Bernardino de Sahagún. Pese a lo interesante
que resulta este hallazgo, no puede demostrar el origen azteca del penacho, porque esas técnicas probablemente estuvieran bastante difundidas por toda Mesoamérica (los aztecas, de hecho, solo habían comenzado a adoptar algunas de ellas) y porque, además, nunca se hicieron descripciones técnicas sobre el trabajo plumario anudado en otras culturas mexicanas. En lo relativo a su forma, la historia es parecida. Se conocen dos tipos de penachos aztecas, ambos similares pero ninguno idéntico al de Viena. El primer tipo era el penacho con incrustaciones de estrellas de oro (en alusión a las medialunas y discos); el segundo,
cuya parte central sobresale más que las demás, se denominaba quetzalapanecáyotl. Lo último señala claramente su origen no azteca, aunque estos los usaban durante la época de la conquista. Los sacerdotes utilizaban ambos en sus ceremonias religiosas, pero ninguno tenía el pico del pájaro de oro que llevaba el de Viena, y que en algunas ilustraciones aztecas llega a aparecer, aunque en otro tipo de penacho de quetzal, sin la parte central más elevada ni las estrellas doradas.

La conclusión es que, si bien el origen mexicano del penacho es bastante probable, rastrear su
confección hasta los amantecas aztecas es solo una hipótesis. El estudio mexicano-austriaco se centró, principalmente, en identificar sus características estructurales básicas, las especies de aves de las que se tomaron las plumas y los efectos de la restauración de 1878 sobre su aspecto actual. Se necesitará más investigación −especialmente sobre la composición metalúrgica de los ornamentos de oro, así como la madera y fibras usadas para la base− para que se puedan llegar a ofrecer indicios contundentes sobre el posible lugar de manufactura de esta pieza única, hermosa y enigmática.

- CHRISTIAN FEEST