Un ejército en el escenario

“Solo quiero un foto abajo, en el portal de mi casa. Te diré desde dónde la tienes que hacer y a qué distancia. Ya está todo pensado”, le explica Dani Pannullo al fotógrafo justo al acabar la entrevista. El director de escena argentino sabe cómo conducir a un equipo, incluso fuera de los teatros. No le importa ponerse dictatorial cuando lo que está en juego es su propia imagen, aunque viendo las fotografías de abajo, se puede deducir que ha cedido bastante, que se ha dejado llevar, o eso es lo que me gustaría creer. Minutos antes también se lo pone complicado al que le entrevista; habla tan rápido que uno se ve en la necesidad de transcribir la conversación en el modo slow de la grabadora. Pero eso no significa que Pannullo quiera acabar pronto, al revés: siente la necesidad de contar toda su carrera, desde que empezó en los 80 con la Movida madrileña, hasta que aborreció la danza europea. Puede que haya sido uno de los primeros en pronosticar el declive del viejo continente, así que le pregunto sobre la cultura japonesa y la de Almodóvar. De la primera tiene varias cosas que decir; de la segunda, solo una declaración tajante en femenino. “Yo salí en Todo sobre mi madre. La mayoría hemos salido en alguna de sus películas. Ella nos traga y luego nos vomita. ¡Lo suyo es todo un arte!”.

Dicen que antes de vivir en España estuviste una temporada en Estados Unidos y Japón. 

Sí, pero eso fue muy posterior. Primero me vine a Madrid, me acuerdo que con muy poco dinero, y monté mi primer proyecto. Yo me había formado más que nada en el mundo del vodevil, del cabaret; quiero decir, no es el concepto de cabaret que se conoce aquí en España, no, está más cerca de la filosofía del cabaret alemán (se da cuenta de que no sé por dónde van los tiros). A ver, ni siquiera está cerca del concepto de music hall americano, es como más intelectual, con sorna, risa y mucha crítica social. Y esa digamos que fue básicamente mi formación, y de la que estoy muy agradecido, porque lo que hago hoy en día, en el fondo, siempre arrastra un poco todo ese trabajo, aunque el lenguaje de ahora sea totalmente diferente. Y lo que te iba diciendo: monté una compañía que se llamaba Productos Lola, donde trabajó David Delfín cuando era muy jovencillo, Mariola Fuentes o el maquillador Juan Bautista Cucarella.

Todavía se puede leer en Internet la noticia que El País escribió en 1997 sobre Fuerza Extraña, una obra de cabaret con DJ incluido, cuyo estreno era más propio de un bar que del Círculo de Bellas Artes. Aquello debió chocar en una España que realmente no era tan moderna como se pensaba. 

No, no creas. Cataluña tiene una gran tradición teatral desde els joglars y ya existían grupos como La Fura dels Baus, así que chocar no, al contrario, fue como un ingrediente más dentro de lo que era la Movida cultural. Lo que pasa es que era una cosa de disidencia, underground, pero bastante ingenua también. Yo nunca hice apología del sexo, de Dios o este tipo de historias. Mi concepto de arte y de puesta en escena es muy Flaubert ¿sabes? Él decía “amo el arte como religión” y yo sigo un poco este concepto. No sé, es extraño. Crear un puzzle con todas las cosas que hice es como una ensalada extrañísima que ha tenido una continuidad extraña. El espectáculo, Fuerza Extraña, en realidad se llamaba así porque nosotros creíamos en la atracción que ejerce en el público este tipo de show perfomático. 

Antes eras de los que citaban mucho a Jodorowsky, sobre todo esa frase suya de que el arte tiene que ser sanador. ¿Tus obras curan de algo? 

Yo creo que si en un momento dado, en la oscuridad, en el apagón, en el blackout de un teatro, tú sales de uno de mis espectáculos como mínimamente transformado, para mí es suficiente. Porque yo siempre abogo por el ritual, la celebración, el hecho de invitarte a conocer un mundo que está ahí pero que es desconocido. Entonces, no sé, mostrar el cuerpo de la cultura es mi meta. Tengo una especie de visión antroposófica del teatro. También puede sonar un poco intelectual y que la gente diga “este tío es un pesado”, pero es como lo vivo, y al final es lo que funciona y lo que mancha a la gente que me rodea. Y eso está bueno ¿sabes?

Avalanche, igual que la pieza Soul Fight que presentaste en Nueva Delhi, contribuyeron a virilizar la danza, aunque ese no fuese tu objetivo. ¿Sería una locura decir que tu trabajo cura la homofobia? 

Bueno, definitivamente yo siempre he sido un guerrero en contra de la danza amanerada, sobre todo la del siglo XX. Creo que la danza del último siglo ha sido una revolución maravillosa, pero al mismo tiempo ha estado como muy limitada a la manía ¿entiendes? Y yo he intentado huir de todo eso. Hace muchos años que trabajo dentro de la cultura del hip hop y del beat box, pero lo que he hecho es transformarla, traerla a mi terreno, enriquecerla, porque para ellos mismos (los bailarines) significa un challenge el hacer una cosa nueva con sus propios elementos. Yo respeto por supuesto la danza clásica, y me fascina. De pequeño, cuando encontraba unos billetes en la cartera de mi padre, me acuerdo que se los robaba para ver danza; tenía doce o catorce años e iba solo a los teatros. Y esa ha sido para mí la gran escuela. De hecho, yo me formé en danza en Argentina, pero siempre fui un bailarín mediocre. Esta es una de las razones por las que ahora, si me preguntan “¿dónde se expone usted?”, yo siempre digo que desde la oscuridad, porque tengo bastante pánico a pisar el escenario en sí. Y está bien lo que me dices, me gusta, pero me parece un poco fuerte decir que esto cura la homofobia.

Pero contribuye. 

No sé si hay que contribuir. Lo que hay que hacer es demostrar que la danza no es una cosa tan limitada y amanerada como el siglo XX nos contó.

¿Todos los directores de escena son bailarines mediocres? 

No todos. Hay bailarines maravillosos que se convierten en coreógrafos porque, digamos, es una cuestión de edad. Yo siempre me identifico mucho con Jan Fabre. Si lo buscas en Internet verás que es un tipo medio pelado, medio gordo, pero es un artista plástico que al mismo tiempo puede estar en un escenario o en ARCO. Y cuando al tipo le preguntan “¿y usted cómo define su obra?”, él dice que es un artista que trabaja con el cuerpo. Y a mí me gusta agregar el de los demás, entonces es un poco esta filosofía. Yo nunca me he considerado un coreógrafo; tampoco me he formado como tal. Hoy en día ‘coreógrafo’ es una palabra denostada, creo que hasta tendrían que cambiar su definición. Ahora es como ser peluquera o maquilladora, y no tengo nada en contra (se ríe), pero es como una cosa muy gay. Como muy, yo que sé, lo veo como vulgar. Entonces no me gusta que me llamen coreógrafo, porque no soy un maricón que va dando pasitos y pegando saltos, al contrario, yo creo que el cuerpo en movimiento, en el siglo XXI, tiene mucho más que ver con lo que la gente en sí quiere contar con su físico, que con lo que quieren contar los demás. O sea, imponerte con una coreografía.

Eres libre de responderme o no a esta pregunta, pero si lo haces, sé sincero. ¿Te has enamorado de alguno de tus bailarines? 

Me enamoro todo el tiempo de todo el mundo. Soy, digamos, un promiscuo intelectual, pero yo prefiero, siempre he preferido, no relacionarme íntimamente con mis bailarines. La intimidad es vulgar; prefiero trascender mi relación con ellos a través del arte.  

En la obra Yukuri uno de tus bailarines se transformaba casi en mujer. Es curioso que la fusión de géneros sea tan intrínseca a la cultura ancestral de Japón, y nosotros, en el continente de la “modernidad”, nos alarmemos cuando un niño quiere ser niña, o viceversa. 

Uf, sobre el tema del transgender mejor no opino, sinceramente (se queda varios segundos pensando y salta de tema). A ver, el acercamiento estético que yo tuve con Oriente, para tu aclaración, no era ancestral, porque fue a través del Butoh, una danza contemporánea que surgió después de la Segunda Guerra Mundial. Y el Butoh habla del vacío ¿okey? Habla de personas que han dejado fluir en su cuerpo lo que sentían, quizás sin una técnica específica. Sí que adoptaban algunos pequeños métodos, pero digamos que no había una escuela de Butoh como tal. Y luego, por supuesto, para mí lo ancestral fue todo lo que vi en Japón. Yo soy muy fan de Mishima. Hay un libro de un psiquiatra español, Nágera, que se llama Mishima, o el placer de morir. Me acuerdo que ese libro me marcó muchísimo como a mediados de los noventa, cuando vivía aquí en Madrid, y siempre pensaba que me encantaría ir a Japón. Pero no de visita. Con el tiempo, el destino me llevó, y el primer día que llegué a Tokio unos amigos me invitaron a vivir a su casa. Desde el balcón se veía la terraza del Teatro Nacional de Japón, allí era donde Mishima ensayaba con su ejército antes del seppuku, que la gente conoce ordinariamente como harakiri. Y aquello fue una bienvenida maravillosa. Yo estoy un poco en esa línea, en crear un ejército de bailarines.

El capitalismo destaca por el desprecio al pasado. En los 60 los jóvenes se revelaban a sus padres poniéndose pantalones vaqueros. Y ahora, a todo aquel que no tenga ni smartphone ni Facebook, lo tachamos de anticuado. Pero luego apareces tú y combinas en el escenario lo nuevo con lo de ayer. ¿Cómo se digiere eso? 

Es que la cultura de hoy en día… La juventud vive en una especie de cultura de prólogo ¿sabes? Que está alcance de sus manos con solo abrir el teléfono. Una cosa: como te contaba, yo me inicié en el lenguaje del cabaret, y ahí la información tiene que ser inmediata. ¿Cómo es la vida de ahora? Esa es una de las razones por las que yo he conservado este pequeño secreto. Digamos que mi trabajo siempre ha sido contar y lanzar emociones concretas en un tiempo concreto. Mis coreografías más emocionantes duran tres minutos; son como una canción, como un hit. A mí me encanta bombardearte con una historia y que no te dé tiempo ni para un respiro. Y el lenguaje de hoy proviene mucho del cabaret. Tarkovski decía “trabajemos la puesta en escena en directo”. Cuando más feliz soy, digamos a nivel creativo, es cuando estoy trabajando casi como de una forma carnívora. En un estudio me interesa más lo que surge de la improvisación que el hecho de estar montando. Soy muy animal.

¿Has recuperado las tradiciones de tu Argentina patagónica? 

No, no son muy ricas. Y la verdad es que mi corazón hoy en día, mi mirada, está hacia el Middle East (Oriente Próximo). Yo he nacido en Argentina, he vivido en Estados Unidos, y digamos que la parte de América la tengo como medio currada ya. No me atrae tanto. Y Europa me aburre, sinceramente. O sea, el discurso europeo, desde Bélgica pa’bajo, no me interesa para nada. Quiero decir, sí, lo respeto, me parece genial, pero ya está (sonríe). En España solo hay dos coreógrafos que me interesan, que son Israel Galván y Rocío Molina, nada más. El resto, para mí, hace tiempo que han pasado a mejor vida. 

Dani Panullo empieza la gira de Avalanche el próximo mes de junio. Su primera parada, Estambul.

- PABLO GANDÍA

Fotografía: NAUZET GASPAR