Burle Marx: Modernista brasileño

Burle Marx: Modernista brasileño

A Roberto Burle Marx nunca le pareció relevante ser judío. Jamás sintió una conexión Particular con las raíces de Europa oriental que tenía su padre ni con los orígenes católicos romanos de su madre. Quizá en algo influyó eso para que el Jewish Museum de Nueva York inaugurara esta primavera una muestra retrospectiva del gran arquitecto paisajista, 25 años
después de que su predecesora cerrara en el MoMA en 1991. Si bien no hay plantas a la vista, se trata de una colección de pinturas, dibujos, modelos, vídeos y otros objetos que ofrecen una mirada a la diversa obra de este creador a través de los años.

Aunque poco conocido fuera de Brasil, su país de origen, Roberto Burle Marx es ampliamente considerado como el padre de la arquitectura del paisaje moderno. Nacido en São Paulo en 1909, comenzó sus estudios de pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Río. La pintura fue, y siempre ha sido, la fuerza de motivación detrás de su trabajo con el paisaje. Al vivir un año en Berlín de joven, Burle Marx descubrió el exotismo de la flora brasileña cuando vio una investigación y presentación sobre ella en una reserva botánica alemana. Entre su búsqueda por la innovación creativa y su amor por la botánica, pronto comenzó a combinarlas.
La arquitectura modernista en Brasil estaba en todo su esplendor después de la Segunda Guerra Mundial; como toda novedad, pronto se volvió el espacio para la experimentación en cuanto a forma e ideología. Discípulo del arquitecto Lúcio Costa  —que entonces tenía una impetuosa fuerza en la arquitectura brasileña y era un fiel aliado de Le Corbusier—, Burle Marx recibió su primer encargo de diseñar un jardín privado a los 23 años. Poco después, Costa lo contrató para trabajar en el jardín de la azotea del Ministerio de Educación y Salud en
Río, en donde colaboró con un joven y ambicioso Oscar Niemeyer. Con cuidadosa exquisitez, lleno de curvas y gamas de verde, este jardín es un dibujo poético hecho con plantas endémicas de Brasil.

Aún hoy resulta extraordinariamente contemporáneo. Costa, Niemeyer y Burle Marx mantuvieron una estrecha relación y, a mediados de los años cincuenta, empezaron a trabajar juntos en uno de los proyectos arquitectónicos más grandes del siglo XX: Brasilia. En esta ciudad gubernamental, siempre cubierta por el sol, Burle Marx diseñó jardines tan íntimos que casi parecen eróticos. Su sensibilidad hacia las plantas, la luz y la sombra, los sonidos y los aromas, entran en pleno contraste con las vistas presidenciales fascistas de las avenidas
de Brasilia. Con todo, su proyecto más conocido, más turístico y quizá más copiado es su diseño de la Avenida Atlântica de Copacabana, en Río. Allí, en 1970, animó la orilla costera de la ciudad con un oleaje de patrones blancos, grises y cafés. Además de ejecutar estos grandes proyectos públicos, Burle Marx forjó una colección privada propia: un jardín botánico enciclopédico que asentó en su casa, el Sítio, en Barra de Guaratiba. Con 3 500 especies de
flora en peligro de extinción, es uno de los recintos más valiosos del país.

Al repasar la obra de Burle Marx, es imposible no advertir su extraordinaria curiosidad y
sexualidad. Aunque estaba casado, se sabía que tenía relaciones con hombres y mujeres. Su obra, mostrada hoy en museos, enfrascada y con mucha curaduría de por medio, no logra transmitir toda la capacidad emocional de su arte y diseño. Por suerte las fanerógamas de sus jardines aún respiran y se mecen con el viento.

- DANIEL RAUCHWERGER