Viajar es explorar: Parley for the Oceans y Doug Aitken

Viajar es explorar: Parley for the Oceans y Doug Aitken

Cuando nos embarcamos en un viaje hacia algún lugar que no conocemos −cercano o distante−, buscamos crónicas fascinantes de gente que ya ha experimentado ese lugar antes que nosotros, que se sumergió en sus tradiciones y asimiló sus atmósferas. El libro que seleccioné antes de partir se titula The New North. The World in 2050, del científico estadounidense Laurence C. Smith. En este ensayo convergen la geografía y la historia, con proyecciones y análisis de novedosos datos sobre temas que abarcan desde el cambio climático hasta el crecimiento económico. Se trata de una investigación profunda; no es solamente un compendio estadístico ni una revisión de la bibliografía. El autor pasó quince meses viajando por el Ártico (incluidos los Estados Unidos), recopilando historias e ideas. Smith comienza diciendo que hay una explosión de la población mundial, especialmente en las zonas más pobres y remotas, a la vez que las especies silvestres se extinguen y nuestro medio ambiente se deteriora de forma drástica. En estas circunstancias, ¿qué se puede esperar de nuestros océanos? Para 2025, todos los ecosistemas de arrecifes de coral habrán desaparecido, y 2048 será, definitivamente, el año del colapso de la pesca comercial. Los expertos en medio ambiente ya predicen el fin de la mayor parte de la vida marina en los próximos años. Una inmensa cantidad de basura de plástico termina en nuestros océanos cada año y hay enormes concentraciones de desechos flotando por doquier. Cada día, de estos vórtices de basura se desprenden partes más pequeñas que confunden a las especies marinas y a las aves: creen que se trata de comida y terminan ingiriéndolas. Esto daña sus órganos y muchas veces les causan la muerte. Pero ¿cuál es la relación de todo esto con mi viaje? ¿Acaso me dirijo hacia una expedición a California para salvar el planeta?

Es un día de principios de diciembre y en Los Ángeles hace calor. Las tiendas, oficinas y hoteles ya están decorados con árboles de Navidad tan recargados que parecen haber perdido su verdadera naturaleza. El verde se ha tapado con tantos colores artificiales, azules eléctricos y morados, que parecen de plástico. Nos vamos del centro de la ciudad, desolado y desolador, con el decadente esplendor de lo que una vez fue el vibrante barrio de Broadway. Hoy deambulan decenas de indigentes sin hogar por las avenidas, figuras dantescas que caminan lentamente vagando perdidas por los círculos del infierno. El museo Broad y el Walt Disney Concert Hall, sede de la Filarmónica de Los Ángeles, ambos en la Grand Avenue y ambos de arquitectura futurista, no logran ennoblecer el espacio.

Nos dirigimos hacia el sur, hacia Long Beach, con destino a la isla Santa Catalina, ubicada a unos 35 kilómetros. La Ciudad de Los Ángeles, ruidosa, contaminada y plagada de tráfico, poco a poco desaparece de mi vista. En menos de una hora comienzo a ver, desde el ferri, la isla a lo lejos. De pronto, todo cambia. En un abrir y cerrar de ojos me siento como si estuviera en el sur de Francia, al menos por la vegetación. Sin embargo, también aquí se percibe un aire decadente. Las tiendas están llenas de objetos de mal gusto para los típicos turistas, y un viejo teatro −quizás majestuoso en otra época− es ahora un cine. Me llega el lejano recuerdo de 1943, cuando Marilyn Monroe y su primer marido, James Dougherty, se mudaron aquí por algunos años. Y fue también aquí donde la actriz Natalie Wood se ahogó de manera misteriosa; estaba a bordo de un yate, con su marido Robert Wagner y el actor Christopher Walken.

 ¿Qué me ha traído hasta aquí? Llegar a esta isla forma parte del ambicioso proyecto que ha puesto en marcha Cyrill Gutsch, fundador de Parley for the Oceans. Este diseñador y emprendedor creativo alemán, afincado en Nueva York, concibió Parley como un «foro donde las industrias creativas se reúnen para dialogar y actuar de manera contundente para proteger nuestro ecosistema. Parley se centra en las principales amenazas que acechan a nuestros océanos para preservarlos y frenar su destrucción. Los artistas, músicos, diseñadores, actores, escritores, inventores y científicos tienen las herramientas para cambiar la realidad en la que vivimos, para diseñar modelos alternativos de negocios y productos ecológicamente inteligentes que den a los consumidores una opción viable para vivir en equilibrio con el planeta».

Lleno de energía y pasión, Cyrill me describe con entusiasmo su aventura. «Vivimos en un mundo muy frágil, pero las personas no somos de plástico», dice con una calma teñida de cierta preocupación. «La gente cree que el futuro está en otro planeta; buscan agua fuera cuando la tenemos aquí. No existimos sin la naturaleza, y tenemos que protegerla de nosotros mismos. Las especies se están extinguiendo a la velocidad de la luz. Todos debemos plantearnos esta pregunta: ¿estamos realmente dispuestos a cambiar nuestra profesión, nuestra vida cotidiana? Creo que es necesario cambiar nuestro modo de producir y entender la importancia de la vida, también de la marina. Tenemos que estar en sintonía con la naturaleza. Las industrias creativas están siempre en movimiento, haciendo nuevos descubrimientos continuamente. Parley quiere redefinir la idea de explorar, abrir la mente de las personas para que vean las cosas de otro modo, y plantearnos nuevas preguntas, porque la verdadera exploración sucede en nuestra mente. Debemos encontrar la manera de compartir todo eso con un público más amplio. Nos quedamos sentados frente al abismo, cuando lo único que tenemos que decidir es cómo queremos dar el siguiente paso: si nos vamos a dejar caer o si queremos dar un salto para seguir adelante».

El enfoque y la organización de Parley es muy lineal, y la colaboración es lo principal. Todo empieza por la inspiración. Sus reuniones se centran en un tema que los ponentes presentan ante un selecto público internacional. Las charlas pretenden dar una visión general sobre el estado actual de los océanos, identificar una causa concreta y buscar el apoyo y la financiación para desarrollar una iniciativa relacionada con ella. Algunos de sus muchos colaboradores y donantes son Pharrell Williams, Vivienne Westwood, Olafur Eliasson, David de Rothschild, Francesca von Habsburg, Julian Schnabel y Markus Reymann. Cuando existe un fuerte interés compartido para apoyar la iniciativa, el equipo de Parley la pone en marcha y contacta con posibles socios. Crear conciencia, compartir inteligencia y colaborar son los aspectos clave de este proyecto. La elección del nombre no fue al azar: parley significa discutir, debatir, compartir, conversar. Solamente la colaboración, el diálogo, la confrontación y un enfoque multidisciplinar pueden hacer que estas iniciativas, tan ambiciosas y complejas, lleguen a dar frutos. Cyrill está convencido de que las marcas, los ambientalistas y los consumidores pueden contribuir a cambiar nuestra realidad. «Nadie puede resolver el problema solo», afirma.

El sol aún acaricia la isla. El agua del océano está helada, algo habitual durante todo el año. Es hora de alistarse para la misión: explorar el océano. Algunos deciden bucear, otros se ponen su snorkel. No es la isla Catalina lo que me ha traído hasta aquí, sino el océano que la rodea. Este ha sido el objetivo de mi viaje. Es precisamente en este océano profundo y oscuro donde el artista y director de cine estadounidense Doug Aitken ha instalado tres pabellones subacuáticos a distintos niveles de profundidad. Y ha sido con este amante del surf con quien Parley ha decidido escribir el nuevo capítulo de una compleja e intricada historia: crear conciencia en cada ser humano del peligro en el que se encuentran nuestro planeta y nuestra agua. Los pabellones son unas monumentales estructuras geométricas, con espejos exteriores, a través de las cuales pueden nadar las especies marinas, los buceadores y los bañistas. El artista –aclamado, en esos días, por una exposición-homenaje a su trayectoria en el Museum of Contemporary Art (MOCA) de Los Ángeles (titulada Electric Earth)− nos dice: «Nunca había sentido algo tan grande como cuando sumergí estas piezas en el océano por primera vez. No son obras creadas con criterios estéticos; son el resultado de una importante colaboración con oceanógrafos y otros expertos de distintas disciplinas. La forma que tienen se me ocurrió desde el principio, pero después tuve que tener en cuenta muchos otros aspectos (por ejemplo, si se sumergen a más de 45 pies en el océano, se rompen en mil pedazos). Este proyecto se adentra en el territorio de poder cuestionar qué es el arte creando un nuevo lenguaje. Permite vislumbrar hasta dónde puede llegar un proyecto ambiental que no es específicamente pedagógico. Los pabellones están en constante cambio, contigo o sin ti. Se encuentran en un flujo continuo. Puedes moverte verticalmente entre las estructuras y nadar tan profundo como puedas. Es una experiencia muy fuerte y muy tangible. Puedes estar ahí y participar».

En el océano, las estructuras cobran vida; pueden ser habitadas, aunque temporalmente, por personas, animales o cualquier otra cosa que de pronto aparezca frente a ellas. «Es una experiencia demasiado intensa», añade Cyrill. «Es un espacio donde el hombre y la naturaleza se unen. Aún no sabemos qué harán los animales, pero vimos una foca que decidió entrar. Quizás sea la primera vez que una foca se ve en un espejo. Pero los pabellones no son solo un refugio para los animales; también son una ventana a través de la cual podemos ver el mundo. Los artistas desempeñan un papel crucial, porque disponen de la máxima libertad y poseen la más genuina de las intenciones. Colocar una obra de arte bajo el mar es, sin duda, más atractivo que colocar un submarino. Pero el proyecto no se limita a poner tres pabellones bajo las aguas de la isla Catalina; es el comienzo de un proceso. A Parley no le interesa coleccionar arte; se trata de construir relaciones, aprender, compartir y difundir».

Los Underwater Pavilions son estructuras vivientes con las que puedes tener un poderoso contacto físico; lugares donde, en cierta manera, te sientes protegido. Doug Aitken recuerda haber leído que en los años setenta se había intentado construir un terreno en el agua, cerca de la costa italiana. «Pensaba en ello mientras trabajaba en los pabellones», dice, «y en lo misterioso que parecía el proyecto. Y concluí que eso es, precisamente, lo que no queremos. Nosotros no queremos separar al hombre del medio ambiente».

Mientras tanto, el cielo se torna anaranjado, rosado. El sol está a punto de ponerse. Ha llegado la hora de regresar a Los Ángeles. Me marcho convencida de una cosa: el ser humano tiene el poder de destruir el planeta, pero también tiene la obligación de salvarlo. Mientras la ciudad comienza a reaparecer, con sus miles de luces centelleantes, el océano se apaga. Pero esas cabinas marinas, que después de estar un tiempo en California viajarán a las Maldivas, permanecen con vida. Brillan como gigantes medusas flotantes.

- DANIELE PERRA

Cyrill Gutsch, fundador de Parley for the Oceans y el artista Doug Aitken. Fotografía: Shawn Heinrichs/Patrick Fallon, Underwater Pavillions, 2016.

Retrato: AMI SIOUX