Solar Magazine

Cavidades surrealistas

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Cavidades surrealistas

Cómo se crea la obra de Loie Hollowell

Una carretera que se pierde en el horizonte bajo un sol de media tarde, entre dos mesetas que se levantan de un paisaje arenoso, a lo lejos. Un barco que navega, aguas calmas, también hacia el horizonte coronado por un sol eclipsado.

Todo esto o unas piernas que se abren mostrando el sexo, genitales expuestos, juguetes sexuales. Penetraciones y caricias que no terminan de suceder. Contactos que son sugeridos por las mínimas áreas donde dos formas se encuentran. Orificios, volúmenes, contrastes y tonalidades. De un color a otro, de una forma a otra. Movimientos voluptuosos e hilarantes que se entienden mejor con las vísceras que con la mente.

Las pinturas de Loie Hollowell comienzan como bocetos en papel, en hojas un poco más grandes del tamaño de una carta. Con pasteles suaves comienza a dibujar −casi de manera automática− formas y transiciones de color. Hace varios intentos hasta que siente que el dibujo está listo para saltar a un lienzo. Ella misma dice que esta forma de concebir una imagen es «rápida y divertida»; sin embargo, las formas resultantes, más que lúdicas, son enigmáticas y misteriosas.

Estas formas le llegan primero como una sensación, no como una imagen. A veces esa sensación se traduce en una pintura específica, pero casi siempre una sola pintura no es suficiente; varias pinturas terminan por componer esa sensación que la artista trata de materializar. Los bocetos no son solo ensayos o pruebas, sino versiones de una obra previas a su cambio de medio. Este proceso de decantación o refinamiento de la imagen a través de su memoria está relacionado con un esfuerzo por entender su propia historia, los contactos de su cuerpo, la forma en que ejerce su deseo y cómo su mente almacena la información sensorial de estos encuentros.

Mientras franquea estos territorios imaginarios, Loie no trata de crear sistemas. El color no pretende establecer una simbología discernible ante la lógica, sino una transición que tiene que ver con tocar, con navegar la piel. Sus cuadros tienen, generalmente, el mismo formato, por lo que en algún momento parecen establecer una narrativa general. Cada imagen, cuidadosamente planeada y construida, podría formar parte de un grupo de viñetas o de un mismo guion. La textura es otro aspecto cambiante, casi inasible,

pero no aleatorio. En ciertas zonas, el color muta suavemente de los tonos más oscuros a los claros; en otras, apenas se perciben una serie de garabatos, doodles, que parecen dotar a las superficies de una pelusa sutil que cede de la misma forma a la gradación del color.

Cuando le pregunté cuál sería el futuro de su trabajo, Loie me comentó que está desarrollando una nueva técnica para incluir superficies tridimensionales adheridas al lienzo que establezcan trampas ópticas con los volúmenes que su pintura ya crea por sí sola. Esta nueva técnica establece de manera más deliberada una trampa para el espectador y señala con mayor claridad lo conflictivo del territorio que su obra toca, así como el complejo entramado de relaciones personales y referencias históricas en el que la artista opera. Ella es consciente de que el surrealismo ha tenido una importancia fundamental a la hora de activar espacios para la mujer dentro del arte. En su trabajo reconoce la herencia o el legado de artistas como Judy Chicago o Georgia O´Keeffe, quienes reclamaron un lugar en la historia (masculina) del modernismo norteamericano o la legitimación del cuerpo femenino como territorio de batalla política.

En ese sentido, las pinturas de Loie extienden una continuidad sobre el potencial político de la intimidad, evidenciado por una constelación de artistas antes que ella. Y nos invita, a través de una exuberancia de la forma y el color, a seguir reconociendo las limitaciones en las que el deseo habita. Como un paisaje surrealista, todavía turbio e incierto.

- HUMBERTO MORO