La Fonda del Sol

La Fonda del Sol

El mítico restaurante diseñado por Alexander Girard

Con sus 48 niveles de oficinas corporativas y ventanales de piso a techo, el Time-Life Building no fue gran novedad para el paisaje urbano de Nueva York cuando se inauguró en 1958. Para ese año, el Midtown ya se había vuelto un centro global de negocios, caracterizado por rascacielos modernistas y calles amplias por las que decenas de miles de hombres y mujeres en atuendo ejecutivo se apresuraban a regresar a sus escritorios y cubículos. Aquí, en la esquina de Avenida de las Américas con la calle 50, la época modernista brillaba con mayor esplendor y libertad que en cualquier parte del mundo.

En esta metrópoli que crecía rápidamente, donde cada torre de cristal imitaba a su predecesora, se encargó al diseñador Alexander Girard convertir la esquina con forma de L del vestíbulo del Time-Life en lo que sería el primer restaurante neoyorquino con temática latinoamericana. Los restaurantes temáticos, que se habían originado principalmente en el cinéfilo mundo de California durante la posguerra, eran algo nuevo en el mercado de Nueva York. Ofrecían una experiencia única: una orientación gastronómica clara, embellecida con un muy pronunciado diseño de interiores.

El mismo Girard era una figura única en el diseño minimalista de mediados de siglo. Hombre con sentido del humor, era un conocido coleccionista de arte folclórico, un creador con  extraordinaria sensibilidad y apreciación por los colores, patrones y detalles. Como director de diseño del departamento textil de Herman Miller (1952-1973), sus colegas más cercanos eran George Nelson y Charles y Ray Eames. Para preparar el proyecto, Girard se adentró durante un año en un proyecto de investigación por América Central y del Sur. Aunque le pidieron crear
un “auténtico” ambiente latinoamericano, le fue difícil encontrar una base común para tan amplia variedad de culturas e historias. Como explicó más adelante, el sol parecía ser el único símbolo constante en todas. La Fonda del Sol, como finalmente la llamó, fue un restaurante templo del arte y el diseño. Desde las manijas de las puertas hasta los cuadros con dibujos
de cajas de fósforos, desde los letreros de los baños hasta los uniformes de los camareros, se trataba de una obra de arte total, un Gesamtkunstwerk que mostraba por completo la capacidad y la innovación de Girard. Sobre todo, presentaba una interpretación
seria y profundamente reflexionada sobre la cultura latinoamericana, desde la visión de un diseñador estadounidense moderno.

Recibido por un gran relieve en forma de sol, el cliente entraba por un vestíbulo con piezas de arte y diseño que Girard había adquirido en sus viajes, todas delicadamente colocadas en paredes con revestimiento de madera. Un asador abierto se situaba entre paredes de múltiples azulejos decorados con joviales estampados. Los sillones diseñados por la Eames Office también recibieron la chispa de Girard, con tapicerías coloridas que no hacían juego. Era un ambiente escandaloso y desentonado.

Más que un restaurante, La Fonda logró convertirse en una escena viva. Si bien superaba con mucho al Hemisphere Club, lugar en el último piso que servía comida con sabor a aeropuerto y era solo para miembros, la Fonda cerró sus puertas en 1971. Y aunque su encarnación contemporánea abrió en Nueva York en 2009, su corazón y su alma se perdieron con el desmantelamiento de la singular identidad y diseño de Girard.

- DANIEL RAUCHWERGER