Bajo el eclipse de Luis Sanchis

El fotógrafo español vuelve a coger la cámara tras un merecido descanso

Compró su primera cámara a los 16 años. Era la década de 1980 y Luis Sanchis vivía entre Madrid y Valencia. La moda no estaba entonces en su foco; el cine ocupaba mucho más espacio en su aprendizaje que las revistas que, una década después, glorificarían su extraordinario trabajo. Una mirada propia que sedujo a las grandes cabeceras y a muchos diseñadores, que lo demandaron para sus campañas internacionales. Tocó el cielo de la moda hasta que un buen día decidió colgar los guantes para vivir nuevas experiencias. El fotógrafo, que firmó campañas de Gucci, Kenzo o Diesel, que retrató entre otros a Madonna y DiCaprio, que realizó míticas portadas para The Face, retoma ahora —a él debemos la primera portada de Solar— la intrincada ruta de la luz y la sombra, sello inconfundible de su misterioso trabajo.

“En los años ochenta me compré una cámara Super 8 y otra de fotos, y empecé a disparar lo que me llamaba la atención”, recuerda Sanchis desde Nueva York. “Aprendía de los maestros del cine. Cuando me fui a vivir a Madrid, entre 1982 y 1983, pasaba las tardes viendo películas de Bergman, Fassbinder, Fellini o Kurosawa”. Fue su novia de entonces quien le sugirió escribir una carta a Javier Vallhonrat, “al que yo admiraba mucho”. Por esas carambolas de la vida Vallhonrat, un referente en la fotografía de moda española, le respondió. “Empecé a trabajar en su estudio como asistente”.

En los años noventa, Sanchis se convirtió en el fotógrafo de moda de fama internacional que hoy conocemos. Su estilo, romántico y oscuro, húmedo y sensual, era inconfundible. “La fotografía es una herramienta para expresar mi mundo interno, y eso se refleja en cómo siento y percibo el mundo externo, por todo lo que he vivido y aprendido, por mis experiencias”, explica. Exigente y experimental, su trabajo con las texturas y la luz fue cada vez más lejos, hasta lograr un estilo depurado y propio. Cuando uno repasa sus imágenes, imagina que están tomadas en noches blancas o, por el contrario, bajo la influencia de un eclipse solar. Lo más sorprendente es que todo resulta extrañamente natural, sin los artificios que hoy invaden casi cualquier imagen.

Nada parece quedar ya del universo de la moda de aquellos años noventa. La globalización ha roto fronteras, pero también ha uniformado a todo el planeta, desterrando a toda rara avis. “La fotografía ha cambiado y la moda también, pero a la vez se repiten continuamente”, afirma Sanchis. “Hay que aprender y adaptarse a las nuevas tecnologías y herramientas, no solo en la fotografía y la moda, sino en todo en general. Los gustos de la gente han variado como consecuencia de la introducción de lo digital. Photoshop, imágenes creadas con el ordenador, iPhone, Instagram… Pero la raíz y la base de la fotografía siguen siendo las mismas: oscuridad y luz, visión y percepción, interpretación y gusto personal y, por supuesto, habilidades”.

Establecido en Nueva York desde 1994, el fotógrafo echa mano de una cita de san Francisco de Asís para explicar su lugar en el mundo: “El que trabaja con sus manos es un trabajador. El que trabaja con las manos y su cabeza es un artesano. El que trabaja con sus manos, su cabeza y su corazón es un artista”. ¿Y por qué se alejó de la fotografía de la moda? “Sentí la necesidad de hacer algo distinto, aprender otros oficios, vivir otras experiencias”, responde.

Esa “otra” experiencia fue la cocina —“tiene mucho en común con la fotografía, aunque no lo parezca”, asegura—, y se puso a trabajar con un amigo chef en un restaurante. Entre fogones, descubrió otras formas de belleza y de arte. “Recuerdo que cuando empecé mi carrera como fotógrafo, la gente decía todo tipo de cosas de mis fotos; para unos eran fantásticas, muy sexuales, únicas, mientras que para otros eran agresivas, vulgares y oscuras, que parecían cuadros de santos. Lo cierto es que la gente siempre habla, pero eso nunca es lo importante”.

- ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS

Todas las imágenes cortesía de Luis Sanchis.