ConocerSolar Magazine

Hombre y mono

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Hombre y mono

Un santuario la Amazonia peruana que busca devolver la libertad a los primates

Un hombre se asomó por la parte alta de una loma cubierta de vegetación. Era una especie de duende, un chullaqchaqui amazónico que se movía entre los árboles. Calvo, flaco y con gafas. Lo veíamos y desaparecía. Se asomaba y se ocultaba de manera instantánea. Era sigiloso, escurridizo y veloz. Hasta que, de la nada, emergió junto a nosotros.

Vestía pantalón corto, polo de la selección brasileña de fútbol y un morral en el que transportaba cigarros y una linterna. Al llegar a nuestro campamento, ubicado junto al río Shilcayo, el cauce fluvial que atraviesa el área de conservación Cordillera Escalera, se transformó en palabra. La carne se hizo verbo. Comenzó a conversar como solo lo sabe hacer un hombre que vive en soledad, una persona cuya existencia transcurre acompañada de plantas y animales, un individuo que rara vez ve a otros de su misma especie y aprovecha la oportunidad del encuentro para, como catarata inagotable, hablar y hablar y hablar. Lo hacía mirándonos intensamente con sus ojos claros y vidriosos.

Su nombre, Orlando Zagaceta. 62 años. Natural de Miraflores, uno de los barrios más acomodados de Lima. Y con toda su vida dedicada al cuidado de la fauna de la Amazonía. Orlando nos invitó a visitar el Centro de Rescate y Liberación de Animales Silvestres (Cerelias) que él dirige; se ubica, escondido entre cerros, a un kilómetro de donde nos encontrábamos.

“Los espero a las tres de la tarde”, dijo, y nos miró de arriba abajo. Continuó hablando mientras fumaba y se movía y hablaba y fumaba y saltaba y conversaba. “Vayan cubiertos con la capa para la lluvia. Quítense todos los artilugios que lleven encima. Vayan sigilosos y despacio. Cuando lleguen, no hablen, no gesticulen, no corran. Cuando vean mi casa, aceleren sin brusquedad y entren velozmente. Y, sobre todo, no miren a los ojos de lo que encuentren”.

Marina, nuestro guía Juver Tuanama y yo comenzamos la caminata hacia la casa de Orlando.

Nuestro corazón latía rápido. Habíamos estado en otros sitios de la Amazonía pero nunca nos habían dado tantas consignas para llegar a un lugar, por remoto y extraño que fuese. Después de cruzar el Shilcayo oteamos su casa. El hollín, del uso continuado de la cocina a leña, la cubría casi en su totalidad. Era negra, pequeña, de madera y completamente rodeada de árboles y de malla de pescar. Parecía una jaula olvidada por un náufrago tras su resistencia vital en una isla desierta, salvaje y rebosante de vegetación, como la que tiene esta área protegida ubicada en la región San Martín de la selva norte peruana.

Cordillera Escalera tiene una geografía muy accidentada con altitudes que van de los 180 a los más de 2000 metros, lo que permite una gran exuberancia de vida. Además, cumple una importante función para las poblaciones ubicadas en las partes bajas, al ser naciente de ríos y quebradas. En sus bosques viven guacamayos, gallitos de las rocas, osos de anteojos, pumas, otorongos y decenas de especies de aves. También más de 30 tipos de anfibios, entre ellos las pequeñas y coloridas ranas de la familia Dendrobatidae, uno de los animales más venenosos del planeta. Por todo esto, se reconoce como área de conservación regional con una superficie de 150.000 hectáreas. En ella se ofrecen experiencias de ecoturismo y se encuentra el proyecto de reintroducción de fauna que realiza Orlando desde hace más de quince años con algunos voluntarios que lo apoyan muy ocasionalmente.

Mientras avanzábamos podíamos observar sombras en los árboles. Eran monos. Decenas de primates giraron sus cabezas hacia donde estábamos mientras descendían de las copas. En un instante, monos araña, tocones, pichicos, machines, monos blancos, entre otros, comenzaron a correr hacia donde estábamos. Nosotros, sumisos a la exuberancia que nos rodeaba, solo atinamos a mirar el camino de tierra por el que andábamos.

Cada vez corrían más rápido. Cada vez nos desplazábamos más veloces sintiendo que, esa casa cubierta de hollín, estaba lejos, demasiado lejos. Era una situación extraña. Nos preguntábamos quién llegaría antes: si ellos a nosotros o nosotros al refugio.

Y nos ganaron. En un instante estábamos cubiertos de monos. Nos volvíamos cada vez más pesados, cargando animales en nuestras espaldas, piernas y cabezas hasta que, finalmente, salió Orlando y, como macho alfa, puso orden en el caos. “Solo van a poder salir de acá cuando los monos se duerman. Será, si hay suerte, a partir de las 8 de la noche”. Esto fue lo primero que dijo cuando entramos en la casa, después nos ofreció café, cigarros y arroz blanco.

Desde el interior observábamos la mirada triste de los animales que nos rodeaban. Tenían toda la selva para ellos, pero se aferraban a vivir en torno a la casa como el único soporte a su alma en vilo. Algunos, como los monos, estaban agarrados firmemente a la malla, mirándonos intensamente y mostrando sus fauces si osábamos acercarnos a ellos. Otros, como los guacamayos, las tortugas o los coatíes, se desplazaban en torno a la residencia de Orlando. 

La labor de reintroducir animales salvajes en su hábitat natural, después de vivir en cautiverio, es titánica y con muy escaso margen de éxito. Conservan enormes traumas provenientes del maltrato y del encierro, volviéndose animales desequilibrados y sumamente  agresivos, y pierden el hábito de la búsqueda de alimento y relacionarse con otros miembros de su especie. Esas vivencias permanecen grabadas, como un tatuaje luminoso y cargado de desconsuelo, en la mirada triste de las especies que nos cercaban. Era la mirada de aquel que ha perdido cualquier cosa a la que asirse en la vida y que flota, espantado y temeroso, en el mundo.

Orlando ha logrado que más de tres mil animales vuelvan libres y sanos a los bosques amazónicos. Los que quedan en torno a su casa también lo serán, después de una larguísima recuperación que solo se consigue entregando, como hace Orlando, cuerpo y alma en el empeño.

Estábamos en el mundo del revés. En él, el humano no era quien contemplaba a las bestias más fabulosas y bellas en los tristes zoológicos. Eran estas, los animales salvajes de la Amazonía, heridos profundamente en su dignidad por el ser humano, los que nos contemplaban desde fuera, a nosotros que permanecíamos encerrados en la casa enmallada de Orlando. Éramos los humanos los que vivíamos enclaustrados como animales sin poder salir, mientras que ellos observaban nuestros movimientos, nuestras miradas y nuestra clausura, a merced de que su sueño nos permitiese salir y regresar al campamento.

De alguna manera Orlando se volvió animal para poder, al vivir como ellos, comer como ellos, moverse como ellos, ser uno de ellos, realizar el extraordinario esfuerzo de curar sus almas heridas y devolverlos libres a sus selvas.

Libres. Como todos, personas y animales, debemos serlo siempre. 

Realización & Fotografía: I+M

CORDILLERA ESCALERA
Ubicación: Tarapoto. Km 600 de
la IIRSA Norte
Acceso: auto (20 min) y caminata (4 horas).
Viaje recomendado: 2 días/1 noche
Contacto ecoturismo:
asociacionflorayfauna@gmail.com
Más información:
www.cereliasperu.com o
www.iirsanorte.com.pe