El exiliado al revés

El pintor argentino Guillermo Kuitca vuelve a medirse con la colección Cartier en su faceta de curador, mientras prepara un nuevo gran mural para Escocia 

Casi cuatro años después de su primera incursión en la práctica curatorial, el pintor argentino Guillermo Kuitca (Buenos Aires, 1961) vuelve a medirse con el extraordinario fondo de la colección Cartier. Ya lo hizo en el 2014 para conmemorar los treinta años de la Fundación parisina, y el resultado, que se plasmó en Les Habitants, fue un éxito rotundo. Así como aquella muestra solo se pudo ver en París, la que está preparando, Les Visitants, se verá solo en Buenos Aires. Artista o curador, lo que no cambia es la aproximación creativa y personal que caracteriza todas sus acciones. «No siento que me alejo de mi trabajo para meterme en un territo- rio que no es el mío. Tampoco reivindico cierta pro- fesionalización, es algo que hago más bien por una cuestión de amistad y proximidad», explica Kuitca, cuyo discurso se forja a partir de lo visual e intuitivo, aunque nunca de manera arbitraria. 

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«Es la muestra que desearía ver», asegura el artista. La envergadura del proyecto, que ocupará durante seis meses el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires, ni le preocupa ni le quita tiempo para sus obras pictóricas; es más, parece que ambas facetas emanen del mismo empuje interior, del mismo canon subjetivo y creativo que caracteriza toda su trayectoria. 

Una trayectoria que el precoz artista empezó en la adolescencia y que le ha llevado a convertirse en una de las guras más relevantes de la creación latinoamericana contemporánea, representado por pesos pesados del galerismo internacional como Sperone y Hauser & Wirth. Es un recorrido que empieza desde el individuo y que se alarga en su entorno más próximo para alejarse progresivamente, del cuarto al apartamento, y así sucesivamente, al edificio, la ciudad, el país y hasta el cosmos, en un distanciamiento que se amplía a través de los años y va generando imágenes de una sobrecogedora potencia visual. Es el caso de la cama, unidad espacial referencial y recurrente, que marca momentos fundamentales de la vida del ser humano: nacimiento, sexo, sueños y muerte. Nadie que la haya visto podría olvidar aquella formidable instalación de cincuenta colchones pintados con mapas de carreteras, otro de sus grandes temas iconográficos... Mapas para encontrarse, pero también para perderse. 

La figura humana como tal desapareció de sus obras hace décadas, pero siempre está presente. «Me di cuenta de que el individuo surgía con mucha más fuerza de las cartografías que de la propia representación», explica. Y quién se lo puede negar recordando el drama de las adicciones plasmado en aquel impactante mapa urbano trazado con jeringuillas que se conserva en la colección La Caixa de Barcelona. 

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Ahora su obra ha derivado hacia una composición más abstracta, «pseudocubista, modernista», la define. «Cada tanto, la pintura me pide un vuelco, como si chocara contra la pared. Estoy buscando una pintura inmersiva que invite al espectador a sumergirse en la cápsula pictórica no para desafiar el juego entre dos dimensiones, sino como respuesta física a una obra que se transforma más allá de mi voluntad». Y esta obra, «que no está llena de citas, sino de fantasmas», empezó a plasmarse en pequeños formatos hasta desembocar en los murales que le ocupan actualmente.

Nada que ver con la técnica tradicional del muralismo mexicano y suramericano. «Son obras grandes que salen de pinceles pequeños. Los mapas se han vuelto líneas sin referencias geopolíticas; se quedan las rutas, pero se han ido los nombres», indica el artista, que ya pintó un mural en el comedor de Durslade Farm, una dependencia de la galería Hauser & Wirth en Somerset. El próximo, que empezará a realizar en marzo, se ubicará en el hotel The Fife Arms de Braemar, cerca de Aberdeen (Escocia), otro proyecto entre arte y turismo cultural de Hauser & Wirth, que abrirá sus puertas al público en el 2018. 

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Una vez más, su obra pictórica enlaza con su trabajo curatorial a través de estas grandes instalaciones murales, que se encuentran también en la génesis de los proyectos expositivos con Cartier. «Todo empezó con una instalación surgida de la obra de David Lynch, con una intervención sonora de Patti Smith, que se creó para la muestra de París y se reproducirá para la de Buenos Aires», explica.

Lo curioso es que aún no haya realizado ningún mural en su Argentina natal, en cuyas colecciones públicas y privadas se conservan menos obras suyas de las que cabría esperar. Con motivo de su exhibición retrospectiva en el Museo Reina Sofía de Madrid en el 2003, la comisaria Sonia Becce apuntó la curiosa circunstancia del exilio invertido de un artista que vive y produce en Buenos Aires, pero que expone y vende sobre todo en el extranjero. «Quizás, por un lado, esto refleje la necesidad de mantener mi obra algo alejada de mí, pero también es el resultado de un conjunto de situaciones circunstanciales. Es como cuando construyes una pintura: hay un concepto fuerte, pero, luego, la práctica está llena de pequeños accidentes, sorpresas y marchas atrás», concluye.

Texto: ROBERTA BOSCO
Fotografía: GASTÓN SUAYA