Hombre y máquina

De Chile vienen muchas cosas buenas: Anton Álvarez encabeza la lista de sus talentos en diseño

A Antón Álvarez, últimamente, los trayectos cotidianos por Estocolmo se le alargan más de lo previsto. «Voy en bicicleta por la calle y me paro a ver las grúas. Trato de entender cómo están hechas». Álvarez es artista, no ingeniero, pero la clave de su trabajo está más en la mecánica que en lo puramente plástico. Una de sus creaciones estrella es un enorme dispositivo que produce un ujo continuo de cerámica que, al entrar en contacto con el suelo y ceder al peso de la gravedad, produce piezas aleatorias, jarrones o columnas disfuncionales cuya forma es imposible plani car. Es decir, una churrera colosal de proporciones industriales. «Que sea impredecible es lo interesante», explica este creador sueco-chileno que estudió en el Royal College of Art para descubrir, precisamente, que su metodología no era la de un artista cualquiera. «Si trabajara como un artista tradicional, con una idea inicial, bocetos y pruebas, el resultado no me sor- prendería, porque ya estaría previamente en mi cabeza», añade. «Trabajar así me parece más innovador. En último término, no soy yo quien lo crea». 

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A pesar de su disparidad aparente, las piezas que Álvarez ha presentado desde el 2014 −en espacios como Salon94 (Nueva York), Machado-Muñoz (Madrid) o Libby Sellers (Londres)− comparten ese mismo origen mecánico y casi tecnológico. Su Thread Wrapping Machine aglutina, con pegamento, bras procedentes de distintos materiales y orígenes, y las convierte en un hilo continuo con el que Álvarez ha recubierto muebles, esculturas y objetos de todo tipo. Como si un gigantesco gusano de seda se hubiera apropiado de su entorno tejiendo una crisálida multicolor. ¿Alguna vez se ha planteado trabajar sin máquinas? «Me interesa tener un sistema, un con- junto de reglas», responde, involuntariamente (o, tal vez, deliberadamente) oulipiano. «Actualmente solo me permito trabajar con esas reglas. Lo interesante de una máquina es que tiene sus límites. Es lo que me interesa. Sin reglas todo es posible, pero es más disperso». 

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Eso no quiere decir que, en su mundo estético, las máquinas sean algo frío e impersonal. «He tardado un año en entender mi última máquina, y en aprender a trabajar con ella. Hay una interacción humana y, en el fondo, artesanal. No soy ingeniero, así que las creo de forma intuitiva», apunta. Posiblemente, a esa dimen- sión haya que atribuirle el aspecto levemente caótico, irregular, tímidamente desastroso de sus esculturas. Las máquinas, en teoría concebidas para producir objetos idénticos y perfectos, adquieren uctuaciones saturnianas bajo el control de Álvarez. Su objeto no es acertar siempre, sino fallar por sistema. Generar glitches analógicos con materiales reales. Desvelar, a fin de cuentas, el alma oculta de los seres mecánicos, y del hombre que ajusta sus tuercas. 

Texto: CARLOS PRIMO
Fotografía: MARTHA THISNER, MICHAEL BODIAM y SASA STUCIN.