Cuestión de fe

El sermón como profesión 

Las grandes ciudades han sido, son y serán siempre semillero y escenario principal de un sinnúmero de historias. Dentro de estas narrativas encontramos grandes tragedias e inolvidables victorias. Historias que consiguen afectar a la enorme y diversa colección de almas que día a día habitan sus rincones. Historias que, indiscutiblemente, logran modificar el imaginario colectivo y perduran en el tiempo. Rebotando entre bocas y oídos, estos relatos van mutando; existen bocas que restan elementos, mientras que otros oídos se toman la libertad de añadir algunos. Finalmente, del relato original poco queda intacto, y lo resultante es una versión mítica, casi mágica, basada en una realidad distante e imposible de recordar. 

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Esta no es una de esas historias. Pero es importante, ya que es el resultado de los efectos causados por otra mucho más grande y poderosa. Tal vez la más grande, porque es común a todos los hombres y todas las culturas por el enorme impacto que sus inexplicables dicotomías han tenido y seguirán teniendo sobre toda la humanidad. La gran historia, en este caso, es la religión. El hilo que conecta la edición de Solar que en este instante tienes en tus manos es el concepto del realismo mágico. Para aquellos en las filas de los no creyentes −yo soy uno de ellos-, la relación entre la religión, la fe y el realismo mágico es innegable. Todas las religiones creadas por el hombre, en su afán de buscar, explicar y justificar el porqué de nuestra existencia, utilizan un interminable número de elementos de carácter sobrenatural. Milagros, sanaciones, resurrecciones, dioses, ángeles, demonios y hasta humanos con el singular poder para actuar como canales de comunicación directa entre los mortales y sus creadores son apenas algunos de los elementos y características comunes entre las creencias que han pasado por nuestro planeta. Somos una especie curiosa y, aprovechándose de nuestra insaciable sed para encontrar respuestas cómodas a las «grandes preguntas», los narradores de la fe consiguen atar esta serie de relatos (increíbles si fuesen comunicados en un contexto diferente) a nuestra realidad física de forma magistral e imperceptible. Realismo mágico por excelencia. 

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Si el realismo mágico es, desde el punto de vista literario y estético, una actitud frente a la realidad en la que esta se carga de elementos fantásticos e inverosímiles sin que quienes habitan en ella cuestionen su naturaleza, la fe y la religión son la manifestación literal de esta posición. Y es aquí donde el tema resulta fascinante y profundamente preocupante a la vez. Preocupante porque en esta era de ciencia y avance tecnológico (aparentemente) sin fronteras, donde día a día los relatos ofrecidos por todas las religiones se comprueban absolutamente inverosímiles hasta el punto de causar hilaridad, aún existen miles de millones que los aceptan ciegamente y convierten en dogma lo que a plena vista son simples y primitivos cuentos. Incluso existen quienes, en su ignorancia, creen con tal ceguera y fervor que son capaces de cometer atrocidades salvajes en defensa de su personaje favorito. 

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Fascinante por ejemplos como el de Saúl Onésimo Barrios, el protagonista de esta pequeña historia, quien día a día, con férreo compromiso y singular alegría, vive este realismo mágico. Porque en él encuentra estructura, disciplina, humildad, dirección y, sobre todo, paz. Su labor es narrar la Palabra (labor que comparte con los demás personajes retratados aquí), porque narrarla es su camino hacia la salvación y porque, narrándola, espera poder salvar a quienes sientan el llamado y presten atención. Debo admitir que admiro profundamente esta claridad de propósito y que me obliga a mirar hacia adentro, a pensar en que, tal vez, por eso la vida (¿dios?, ¿estaré empezando a creer?) ha decidido poner una cámara en mis manos. Porque narrando en imágenes mi realidad se hace mágica, porque narrando en imágenes yo también estoy buscando que alguien o algo me salve. 

Texto y fotografía: JUAN JOSÉ ORTIZ ARENAS