Dentro de un orden

Dentro de un orden

En el número 13 de la calle madrileña de Gaztambide se ubica uno de los lugares más curiosos, auténticos, bonitos y, sobre todo, útiles de la capital española: una droguería de apellido Álvarez.

Para las durezas de los pies, para añadir a la crema catalana o para dar rigidez a los cuellos de las camisa. Para todo eso sirve el almidón. Y para todo —sin el “eso”— sirve la Droguería Álvarez, un negocio que lleva desde los años cuarenta haciendo la vida más fácil a quien tenga a bien aventurarse entre las más de 10 000 referencias que maneja este comercio. Referencias, por cierto, que el dueño Augusto —ayudado por su mujer, Consuelo, y Laura, la otra empleada— controla sin necesidad de usar un ordenador. lbaranes hechos a mano con la ayuda de esa cosa vieja y en desuso llamada memoria: “Son años de experiencia. Tampoco tiene mucho mérito”, dice Augusto. “Si me preguntas cuántos peines hay del 8T de Kent, pues no sé decirte si hay 8 o 12; lo que sí sé es que hay para que no se produzca la falta”.

Decía Paul Claudel que “si el orden es el placer de la razón, el desorden es la delicia de la imaginación”. Y quizá se equivocaba, porque en este palacio del orden sí parece haber lugar para la imaginación (el  propio Augusto hace los cuidados y coquetos escaparates, y las concisas y explicativas notas de cada  producto). Lo suficiente para que en este establecimiento —sito desde hace más de 35 años en su actual ubicación: una impecable, abigarrada y adictiva esquina de la calle Gaztambide— convivan animada, pretada y muy disciplinadamente los perboratos, los disolventes, los jabones que se usaban en el buque de los sueños (hundidos: Titanic), las diademas; los cepillos de pelo con toda clase de plumeros, horquillas, cepillos, goma arábiga o brochas de tejón. 

Como auténtico paraíso para el curioso, para el manitas o para el cazador de rarezas, la Droguería Álvarez es, sobre todo, la tienda que todo hijo de vecino querría tener en y para su barrio. Porque Augusto no solo sabe de cualquier producto para pelo o manicura (temas en los que es especialista), sino que, además, conoce todas las recetas mágicas para las manchas más  inverosímiles que la vida moderna pueda provocar; también puede asesorar con asombrosa precisión sobre cualquier producto para restaurar muebles. “En una gran superficie, una señorita o un señor están tendiendo droguería hoy y mañana, electrodomésticos, y al siguiente bragas. Puede saber más o menos la ubicación de las cosas, pero la utilización, el rendimiento, eso ya no”. Y es que no es lo mismo ir a  comprar a que te vendan. “En un gran almacén se compra; aquí se vende”, declara Augusto, orgulloso. Puede parecer una boutade, pero está lejos de serlo. Tanto es así que, tras la loca comodidad que supuso el desembarco de las grandes superficies, quizá estemos volviendo, lentos pero seguros, al pequeño comercio. “Yo llevo desde los 14 años en esto; tengo 67 y sigo aprendiendo”, explica Augusto. “La vida, el contacto con la gente es lo que te va enseñando. Hablar, que se nos va a acabar olvidando. Y el oficio, que se está perdiendo”. Eso que Consuelo, muy sabiamente, resume como “negocios con sabor”.

- BLANCA LACASA

Fotografía: PABLO ZAMORA