VerSolar Magazine

Sin acento en la “e”

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Sin acento en la “e”

Jose Dávila, uno de los responsables de la regeneración artística de Guadalajara, México, explicado por su hermana

Cuando Jose tenía siete años, sufrió una parálisis de intestino que culminó en una operación muy delicada y una larga estancia en el hospital. Recuerdo con todo detalle cómo me impresionó que se dedicara a hacer una serie de dibujos idénticos. Repeticiones exactas en 70 hojas, donde agradecía la visita durante su convalecencia. El dibujo tenía dos árboles con un frondoso follaje sobre un pasto cortado a la perfección. Un árbol se encontraba a la derecha de la hoja y otro a la izquierda. En la parte de abajo decía “gracias por venir a visitarme”, en mayúsculas.

Para poder hablar del trabajo de alguien cercano, es necesario hacerlo desde la víscera. Hablar sobre las anécdotas, sobre lo cotidiano, sobre las particularidades que, después, se leerían en su trabajo. Es la forma más sincera y la única que hoy me complace. 

Desde hace algún tiempo, en varias ocasiones, me han presentado como “la hermana de Jose Dávila”. Al principio era desconcertante, pero ahora sólo espero que se conozca más su apellido para lanzar yo, con mi nombre, una línea de bolsos o cosméticos. 

Jose siempre tuvo pandillas, “la pandilla de Jose” en la primaria, y cuando nos fuimos a vivir un tiempo a la Isla de Santo Domingo, de inmediato se hizo con otra, la “pandilla de Benito”, el único que tenía videojuegos y videocasetera. Mucho de lo que Jose ha hecho como artista lo ha hecho “en pandilla”; ha sabido honrar al clan, ha sabido trabajar en tribu. También lo hace con la familia.

En la carrera de arquitectura tenía un grupo sólido de amistades y trabajo, otro tipo de pandilla, junto a sus colegas Luis Miguel Suro, Foit, Lebrija, Palomar, Ugarte, Dueñas, Méndez Blake, Agustín Solórzano, Cheneque, Villa, Hugo Cervantes y varios otros. Probablemente de ahí surgió lo que más tarde sería la Oficina de Proyectos de Arte (OPA). Durante años, este grupo fue su refugio, su plataforma, su vitrina, su escuela; sus “cuates”, la fuerza colectiva, la unión, la complicidad, la camaradería. De nuevo las pandillas. De ahí también nacieron las producciones “El Chino”, pretexto virtuoso para juntarse los lunes con los amigos y terminar armando un fanzine. 

Desde que recuerdo, Jose elabora listas meticulosas de sus calificaciones, de la ropa que llevará en la maleta, de las compras del supermercado, de cada cosa que planea hacer. Ese rigor es el eje que le permite materializar sus ideas. De niño decía que quería ser paracaidista, dedicarse a escalar montañas, pilotear un avión o ser buzo. Yo le cuestionaba, con cierta preocupación, que quién le iba a pagar, que eran peligrosas esas cosas extremas y en mundos lejanos. Le decía: “¿Por qué no haces algo normal, detrás de un escritorio, como mi papá?”. Entonces él se ponía los enormes zapatos de mi papá y me decía: “Soy mi papá. Cambia el canal de la tele y pon las caricaturas”.

Cuando observo algunas de las obras recientes de Jose, veo elegancia, rigor, pureza, nobleza, orden, tensión, firmeza y humor. Todo ello tiene mucho sentido, conociéndolo como lo conozco. También tiene mucho sentido que casi todas sus piezas de mármol tengan unos lados totalmente rectos y geométricos, y otros sean orgánicos e irregulares. 

 A través de Jose, he aprendido a admirar a la gente que dedica su vida a una actividad tan enigmática, insondable y mágica como el arte. Creo que el arte opera en niveles muy misteriosos, e imagino que mi hermano siente lo mismo. Y esto tiene que ver no solamente con asuntos estéticos o históricos, sino con la esencia humana pura, con el núcleo más profundo y sensible de la vida. Jose está intensamente conectado con eso, con una búsqueda de equilibrio, con una lucha por permanecer, con una tensión y un equilibrio de fuerzas que han sido señalados en su obra —con toda razón— como elementos autobiográficos. 

Jose, a los dos meses de edad, sobrevivió un cáncer muy agresivo, para lo cual debió soportar un largo e intenso tratamiento en un hospital de Houston. Años más tarde, a mediados de los ochenta, los helados Danesa 33 se servían en unos cascos de futbol americano que Jose coleccionaba —con su minuciosa forma de hacerlo—. Su equipo favorito era Cincinnati; yo le decía que debían serlo los Houston Oilers, porque en Houston se había salvado. Estoy en condiciones de reconocer que eso genera una capacidad de enfrentar, con absoluta integridad y fuerza, momentos que parecerían inabordables.  

Jose es amante de la cocina y de la buena mesa; es la verdadera señora de su casa. Su nevera, tan ordenada y llena de delicias, es la envidia de las amigas de mi mamá. Confieso, al ver la perfección y abundancia del congelador, que me hace sentir algo mal. Tiene una pequeña perra llamada Pipa y cuida mucho sus nidos de colibrí, dicho sea de paso, guerreros de frágil apariencia. 

El estudio de mi hermano está en la colonia Artesanos de Guadalajara, México, a unas cuadras del Mercado de Flores y del Panteón de Mezquitán. En diciembre, para la posada del estudio, se llenó de gente de lo más diversa: todos los del vecindario, los herreros de enfrente y sus colaboradores, el rotulista, el marquetero, el impresor digital y buena parte del mundo del arte contemporáneo tapatío. Por supuesto, mi hermano cantó “El rey” en su versión en inglés (inventada por él), y se escuchó “Volcán” de José José y “Hablando a tu corazón” de Charly García. 

Jose es generoso, observador, aventurero y tímido. Amante del chocolate, las tortas ahogadas y el puré de papa. Tiene un agudo sentido estético, es sumamente impaciente y aborrece el aeropuerto de Guadalajara. Detesta hacer fila y que lo llame con apodos familiares. Su máxima devoción es su hija Emiliana, con la que comparte varios gustos, juegos y placeres. Creo que es un padre ejemplar. 

Hemos hecho varias cosas juntos en la vida. Recuerdo un proyecto que en lo personal significó mucho: a los siete y diez años teníamos una editorial llamada Josal. Hacíamos caricaturas de unos hombrecillos con nariz muy grande, a los que llamábamos “los narizmonos”. Otro juego muy importante era el de los camioneros. Consistía en sentarnos cada quien en la orilla de su cama y, con una raqueta que simulaba el volante, nos decíamos: —¿Cómo le va, camionero? —Pues ya ve. Aquí vamos, camionero. Sólo eso. Y creo que seguimos jugándolo.

- ALEJANDRA DÁVILA  

Retrato: RICARDO RAMOS