La nueva Movida

La nueva Movida

Madrid quiere ser lo que era

La mitología moderna de Madrid se construye, más que otra cosa, sobre los alocados años desenfrenados de la Movida. Producto de casi cuatro décadas de una sofocante dictadura fascista, la Movida madrileña fue una revolución cultural —tanto pop como underground— en el contexto de la transición española a la democracia. Fueron tiempos turbulentos, aunque prometedores, para vivir en la capital. Ahora, más de tres décadas después, parece que la historia se prepara para repetirse.

La muerte del Generalísimo Franco en 1975 destapó de súbito a una sociedad que había estado enfrascada política, cultural e incluso moralmente, por un nocivo largo tiempo. Lo que siguió fue un desbocado e inequívoco torbellino de energía creativa que se mantuvo hasta bien entrados los años ochenta. La vida nocturna de la ciudad, estridente y plagada de drogas, ocupó los bares y las calles. Nombres como Pedro Almodóvar y Alaska comenzaron a convertirse en íconos culturales colosales. Los grupos de creadores brotaban en el paisaje urbano, como lo demostró la torre residencial del arquitecto Sáenz de Oiza, Torres blancas, futurista y con forma de árbol. Era el símbolo idóneo de una época más colorida, pero las fiestas que albergaba la excéntrica edificación se fueron apagando, su fachada curvilínea se tornó cada vez más oscura por el paso del tiempo, y con el paso de una extenuante crisis económica se obnubiló el ánimo de la ciudad.

Con todo, hoy, al pasear por cualquiera de las estrechas y cada vez más vibrantes calles de Madrid, de pronto se percibe una nueva metamorfosis. Los tiempos difíciles han exigido nuevas iniciativas creativas, alimentando un motor más moderno de cambio.

En el siempre innovador barrio de Malasaña, en el distrito Centro, la fachada de Kike Keller, una sala de exposición de muebles, deja perplejos a los transeúntes. Son las once de la noche y el apuesto español que cuida la puerta, alto y en falda escocesa, explica a un par de curiosos que pueden entrar y pedir una copa pasando la puerta al fondo del pequeño local. Fundado por Kike Keller —que antes fabricaba utilería para películas—, este espacio bellamente ecléctico es, al mismo tiempo, sala de exposición de muebles metálicos, hechos con gran maestría; galería de otros artistas igualmente caprichosos; y, cuando se mete el sol, rápidamente se transforma en uno de los mejores bares de la capital (de ahí la recomendación del hombre en falda escocesa). Timoneado por la incontrolable socia malagueña de Kike, Celia, el activo espacio encapsula el aferrado espíritu individual de la ciudad como ningún otro lugar.

Malasaña es el microcosmos más vívido de la metamorfosis que experimenta la ciudad, aunque también otras grandes reliquias han reavivado distintas partes de Madrid. Una inversión multimillonaria vio un viejo matadero a las orillas del Manzanares convertido en un recinto desbordante de arte, cuya arrasadora programación cultural compite con lo que puede encontrarse en París o Berlín. Sede de la Cineteca (complejo de género documental), el Teatro Español, la Casa de Literatura, instalaciones de arte gigantescas y exposiciones regulares dedicadas al diseño, el Matadero es el novísimo fulgor de talento artístico en la ciudad. Otras emblemáticas reliquias también se han remodelado. El Imparcial es un elegante restaurante y tienda de regalos locales, ubicado en el viejo piso editorial de un periódico olvidado. Se ha discutido terminar de equiparlo rehabilitando un cine que estaba en el piso inferior y añadiendo algunas habitaciones de hotel boutique.

No muy lejos de ahí, el antes abandonado edificio al lado del mercado de la Cebada en La Latina, de pintorescas cúpulas (una de las muchas divertidas instalaciones del talentoso grupo de artistas locales Boa Mistura), abunda en actividad. Presentaciones musicales en vivo, talleres de mueblería al aire libre, una biblioteca comunitaria de herramientas, un jardín urbano y mercados de agricultores: esto es Campo de Cebada. La organización del recinto está a cargo completamente de los vecinos, que han decidido integrar a los lateros bangladesíes (hombres jóvenes que venden latas de cerveza por un euro), permitiendo su presencia a cambio de que limpien la basura que dejen los clientes. El espacio autogestionado, al servicio del vecindario, ha atraído a representaciones de distintas ciudades del mundo para estudiar cómo las iniciativas enraizadas en los lazos comunitarios pueden mejorar la vida en los barrios, especialmente cuando las autoridades les dan la oportunidad. En cuanto a política interna, este espacio en constante cambio es prueba de cómo los ciudadanos han superado por mucho a las autoridades municipales, que con veinticuatro años de gobierno conservador han manifestado su agrado por las normas rígidas y las sanciones severas.

Todo ello pareció cambiar en mayo de 2015, cuando un movimiento político que surgió sólo dos meses antes de las elecciones municipales logró una sorpresiva derrota, movilizando los votos apenas suficientes para destituir al partido conservador del poder. Dirigido por la anterior jueza y relatora especial de la ONU, Manuela Carmena, el nuevo gobierno progresista de Ahora Madrid promete apuntalar todavía más este reciente y audaz Zeitgeist que se extiende por toda la ciudad. A pocos días de ser electa como alcaldesa, Carmena, de 72 años, se presentó frente a miles de espectadores en el desfile del orgullo gay para encomiar la virtud de la sexualidad en la definición de la personalidad de cada individuo, porque con ella se construyen sociedades más felices y más sanas. Como la anterior alcaldesa Ana Botella había evitado por completo el acontecimiento anual más grande de la ciudad, esto se recibió como un hito. Las lágrimas brotaron y estallaron los aplausos. Para una de las ciudades más gay-friendly del mundo, esto representó, también, un momento catártico.

Muchos residentes anclados en el tradicional bastión de lo anticuado aún se están percatando de cuánto ha cambiado el paradigma. A principios de 2016, surgió una pueril polémica en torno al desfile anual de Navidad, esta vez con temática multicultural. Para reflejar la diversidad de Madrid, Carmena se ha esforzado por hacer más incluyente la capital, y este año los Reyes Magos llegaron con un festivo viaje por los cinco continentes. Por primera vez desde que se tiene memoria, el rey africano Gaspar fue representado por un verdadero africano (y no por un concejal con la cara ofensivamente pintada de negro). Las voces de una minoría de críticos conservadores alegaron que la alcaldesa había descristianizado la capital y arruinado las tradiciones navideñas para los niños. La hiperbólica histeria se extendió por las primeras planas de los periódicos ultraconservadores durante varios días. El triste espectáculo de adultos discutiendo por la Navidad “en nombre de los niños” es un acontecimiento lamentable, y también demuestra lo desconectados que algunos sectores se han quedado del innegable nuevo rumbo que está tomando Madrid.

Basta con pasarse por el siempre activo Microteatro por Dinero de Malasaña para escapar del griterío de la política local y recordar que la inagotable energía creativa de la ciudad puede encontrarse detrás de cada puerta —o, en este caso, detrás de las cinco distintas puertas—. La antigua carnicería, ahora convertida en un pequeño teatro, tiene cinco espacios reducidos en donde se escenifica una plétora de representaciones que dejan absorto a cualquiera, cada una de aproximadamente 15 minutos. La vanguardia del talento en la dramaturgia local, la actuación y la dirección ejercita sus creativos músculos aquí, y los públicos nunca menguantes los acogen con entusiasmo. Camina hacia el sur y a sólo unas calles de la Plaza de Tirso de Molina encontrarás La Juan Gallery, dedicada al arte de la performance. En ella se obsequia a los transeúntes un espectáculo que no solicitaron en el escaparate de la entrada, que provee una oferta a menudo polémica de performances en vivo y exposiciones. La idea es desconcertar y entusiasmar a los públicos para que entablen un diálogo. En una ciudad como Madrid, La Juan Gallery genera más lo segundo que lo primero.

Hoy, al pasear por cualquiera de las estrechas y cada vez más vibrantes calles de Madrid, de pronto se percibe una nueva metamorfosis. Los tiempos difíciles han exigido nuevas iniciativas creativas, alimentando un motor más moderno de cambio.

A pesar de los enérgicos esfuerzos institucionales por moderar la perdición, el ímpetu de la ciudad por la fiesta sigue sin disuasión alguna. Aún se encuentran bares, discotecas y botellones por todos lados, pero hay un puñado de locales sobresalientes que son emblemáticos de este nuevo auge. Bar Corazón es una colorida combinación de taxidermia, cócteles exquisitos y una mezcla musical de hip hop y electrónica, que atrae a una variada selección de célebres personajes a sus puertas. La subterránea Sala Sol pasa también por su segundo aire; los sábados en la noche ahora son agitadas fiestas de música electrónica. Incluso los after-hours, que desaparecían rápidamente, han regresado (un alcalde los había hecho ilegales a casi todos, pero todavía se abren nuevos de vez en cuando, aunque ilegalmente, según la demanda), con la repentina inauguración del vibrante Avalon, de varios niveles, que puede encontrarse en el distrito de Chamberí y a menudo permanece abierto hasta después de las 11, mucho después de la salida del sol.

En el norte de la ciudad, el a veces elaborado evento de la noche se lleva a cabo en el Teatro Bódevil. Es difícil imaginar que tan sólo cuatro décadas antes Franco y su camarilla de militares se estacionaban ahí (éste era el burdel que les gustaba), y las placas talladas en piedra sobre las paredes son un estremecedor recordatorio de cuánto se ha transformado la ciudad desde entonces. Con frecuencia se pueden encontrar vestigios de este tipo en los sitios más improbables. Destacando el pasado oscuro de Madrid, se asoman furtivamente por la superficie de la ciudad, dando a su frenética diversión un sórdido y subrepticio matiz.

Hubo un tiempo en que una capital continuista fue forzada a la tradición y a lo incierto. Ese tiempo acabó. Y de pronto, esa transformación que ha ido ocurriendo en las calles también parece estar penetrando en las esferas locales del poder. El optimismo entre los habitantes jóvenes, seguros y progresistas casi se puede tocar. Muchos están convencidos de que el mismo caos creativo que ocupó la ciudad hace tantos años parece haber regresado por un segundo giro. Como era de esperar, los madrileños no sólo están aceptando este período de cambio; se están apropiando de él.

- LIAM ALDOUS

Fotografía: ADRIÀ CAÑAMERAS

Las imágenes forman parte de Ciertas vidas perras, Terranova, 2015