VerSolar Magazine

La performance de la revolución

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La performance de la revolución

La política según Tyler Matthew Oyer

Calificado de “antidoctrinario inmoral e interdisciplinario” por Kembra Pfahler, vocalista de The Voluptuous Horror of Karen Black, Tyler Matthew Oyer recibió su maestría en bellas artes en el California Institute of the Arts (CalArts) en 2012. Su trabajo se ha presentado en ciudades como Los Ángeles, Nueva York, Washington D. C., Miami, Berlín, Copenhague, Kassel, Londres, Ámsterdam, Oslo y Varna. Su performance individual, Hello, Dolly!, fue parte del evento de High Desert Test Sites, que dirige Andrea Zittel. En agosto de 2013, presentó Cien años de ruido: Beyoncé está lista para recibirte en el Roy and Edna Disney/CalArts Theater (Redcat). 
Hay distintos elementos implicados en su producción: dibujar y pintar, performance, música, composición, escultura, caligrafía, etcétera.

¿Podrías decirme más sobre cómo consideras estos medios en relación con tu práctica?

Creo que hay dos maneras de responder. La primera es que me enfoco en mi obra como si fuera una ópera clásica o un Gesamtkunstwerk. Me gusta producir todos los elementos: mis pinturas son el telón de foro, mis esculturas la utilería. La performance es el centro de todo. Veo estos medios distintos como las piezas de un vocabulario. Me gusta tomar distintos papeles creativos. Un día soy libretista, al siguiente diseñador de vestuario. Por otra parte, creo que es porque siempre he odiado pedir ayuda, así que hago yo solo todo lo que puedo. Por suerte, esto ha ido cambiando conforme he ido haciendo algunos proyectos, como películas y álbumes musicales. Este tipo de trabajos dependen de la colaboración, especialmente en la producción técnica.

Algunas de tus obras se preocupan por las cuestiones formales o procesales, mientras que otras tienen una orientación más política. ¿Podrías hablar de estas diferencias?

Para mí estas dos cosas son inseparables. Es verdad que las cuestiones sociopolíticas están presentes en mi obra con distintas intensidades; está claro que un poco de pintura sobre una vara no dice lo que una obra de cabaret de 40 minutos. Quiero que toda mi obra sea política, sin importar si lo logro manifestando una opresión estructural o creando momentos de gran alteridad imaginativa. Hay algo de abstracción en mi obra: de objetos constreñidos pseudominimalistas a un teatro excesivo, explícito, casi moral. Siempre espero ofrecer algún grado de crítica. 

¿Cómo te sientes respecto a Los Ángeles, la ciudad en la que vives? ¿Cómo te identificas con el lugar y la situación actual del arte?

Yo vine a Los Ángeles para estudiar mi posgrado en CalArts y nunca pensé quedarme aquí. Como soy de una zona rural de Pensilvania, creía que la única ciudad para ser artista era Nueva York. Durante mi primer año en CalArts, el Getty estaba montando la iniciativa Pacifc Standard Time, que mostraba obras hechas en Los Ángeles de 1945 a 1980. Me di cuenta de que muchos artistas que admiro habían vivido y trabajado en Los Ángeles. Gente como Edward Kienholz, Guy de Cointet, Eleanor Antin, William Leavitt, Barbara Kruger, el colectivo Asco… Por otra parte, también están los espectáculos de performance con temática queer, una escena que tuvo su auge en los años ochenta y noventa con gente como Ron Athey y Vaginal Davis. Creo que me siento motivado por estos ejemplos. Ellos nutrieron este ADN de la ciudad con el que me puedo identificar y desidentificar. 

Ciertos detalles en tu arte señalan a figuras importantes de la historia del arte contemporáneo, como Kembra Pfahler o los artistas que acabas de mencionar. ¿Cómo se manifiestan en tu obra?

Con Kembra tengo un lazo especial. Cuando era un adolescente y vivía en la Pensilvania rural, estaba suscrito a muchas revistas de moda. Una vez, un número traía imágenes de Kembra tocando con su banda, The Voluptuous Horror of Karen Black. De inmediato quedé enamorado de su maquillaje de pies a cabeza, su peluca negra gigante, la utilería tosca y las botas altas con las agujetas hasta la entrepierna. Aunque yo había empezado en el teatro comunitario y me enorgullecía de hacer mi propio maquillaje, nunca había visto a un artista tan crudamente transformado. Su imagen se me quedó grabada como un icono. Nos hicimos amigos cuando la invité a dar una clase a CalArts. Acabamos de trabajar juntos en Reno Nevada para una interación de su evento de performance en Nueva York, Incarnata Social Club. Y me está aconsejando para mi próximo álbum, Release.

Creo que el arte es uno de los pocos espacios que quedan en donde somos libres de imaginar alteridades, individual o colectivamente. Soy afín a las tradiciones de Brecht en donde el arte es un foro para las ideas políticas que provocan la refexión personal y una perspectiva crítica de la información que se nos presenta. El mundo que he experimentado está muy jodido, y a menudo no parece tener esperanzas. Supongo que es necesario un retorno. Pero no este retorno de make America great again. Estados Unidos nunca fue grandioso. El retorno que me interesa sirve para reprogramar y descolonizar nuestras mentes. La imaginación tiene un gran papel en ello.

Si pudieras hacer tu magna obra de arte total, sin ninguna limitación física o de presupuesto, ¿cómo sería?

¡Qué cosa más fantástica y difícil de contestar! Veamos. Si no tuviera ninguna restricción física ni económica, usaría esos recursos para crear algo que no pareciera o que no se relacionara con el arte como lo conocemos. Sería una revolución dirigida por gente queer, por mujeres, por afroamericanos… Espacios y recursos para la seguridad, la familia, la educación, la camaradería, la comodidad, el empoderamiento. Prefiero pensar metafóricamente cuando se trata de imaginar semejante cambio. Casi todos estamos esperando a que llegue un gran terremoto que desmantele las fuerzas encontradas y parasitarias de la opresión, pero es motivador reconocer que también algunos pequeños temblores pueden hacer tambalear los cimientos de las edificaciones masivas. Solo se necesitan más de ellos perpetuándose en el tiempo, desde múltiples fuentes y direcciones. Se necesita perseverancia.

Algo que sí es posible hacer es trabajar con cuerpos individuales o colectivos para iluminar, inspirar o cultivar las convicciones entre los oprimidos, marginados, deprimidos y erradicados. Las convicciones ya están allí, pero ¿cómo llamarlas y convertirlas en acciones? Pienso en la manera en que Bell Hooks o Eve Kosofsky Sedgwick hicieron énfasis en poner nombre y apellido a nuestros opresores, a nuestros sueños, emociones, nuestras intersecciones, experiencias y verdades. Esto podría ser útil para cinco personas o para cinco mil, no me importa. Es imposible saber el efecto que tiene tu arte sobre la vida de los demás. No me interesa la recepción; me importa la intención. 

Por supuesto que sueño con hacer películas, giras de teatro, grabar música, escribir libros, colaborar y enseñar. Sin importar lo que permitan los recursos, espero poder reunir las aspiraciones de una revolución en el contenido y las formas de lo que soy capaz de hacer. Ya veremos si el futuro lo permite.